SI TUVIERA CARA – CUENTO NUEVO

La primera vez que pasó yo me encontraba en un parque, el Frida Kahlo. Me gustaba atravesarlo de regreso a casa, después del trabajo. Trabajaba en una panadería gourmet. Recuerdo que cuando pasó, pensé: “Hey, mírala, parece masa…” Estaba frente a una familia que se tomaba fotografías con las estatuas de Diego Rivera y de Frida Kahlo. En fin, me pidieron que les tomara una foto. Sí, a la familia. Un par de niñas vestidas de rosa, su madre, y su padre mal encarado, por allá como un aguafiestas. La cámara, era de él, una de esas que la gente compra porque son milagrosas, vienen con el talento incluido. Claro, no me excuso en la ironía. Total, apreté el disparador, la foto quedó capturada, las niñas rosadas contrastaban con los Diego y Frida de bronce, pero cuando me quité la cámara de la cara, las niñas corrieron a ocultarse detrás de la madre mientras gritaban. Ella le tapó los ojos a la menor y repitió: “Santo cielo”.

Miré hacia abajo para cerciorarme de que tenía el cierre arriba. Entonces, uno de mis ojos salió y se colgó de mi cuenca, me dolió horrible, de pronto veía doble, maldición, sentía ardor, lo traté de malabarear, obvio se me cayó la cámara y el padre de familia me gritó imbécil. Sólo escuché cómo se quebraba algo. Pero yo estaba ocupado atrapando el ojo.

El dolor era intenso; pero debo aceptar que soy muy bueno viéndole el lado depravado a la vida. Con todo el dolor zumbante de la cara, como un hormigueo de piquetes de abeja, cerré mi ojo bueno y dirigí el que colgaba para verme a mí mismo. Tardé en hubicarme porque todo estaba fuera de lugar, el ojo ya estaba sucio de tanto manoseo, además no le agarraba el ángulo. Finalmente le atiné a lo que quería. La vi, mi cara parecía masa cruda, informe, más con un color blanco blanco asperjado, otros tonos amarillos escurrían, la oreja andaba por allá, inclinándose, el labio era una liga estirada. Me intenté reír pero no era apropiado.

-Lo siento -dije, entre gárgaras de piel derretida, acomodando el ojo en su lugar e intentando que la cara no se cayera. El padre de familia aguafiestas tampoco le vio la gracia a esto. Tomó a sus niñas, a su mujer, regresó por su cámara rota, y se fueron. El cuidador del lugar se asomó, no supo bien qué hacer conmigo pero tampoco pareció sorprenderse de nada, debe pasar todo tipo de cosas en este parque. Me ofreció un pañuelo manchado de salsa para limpiarme la cara escurrida. Lo usé para amarrarme la cara y volver a casa. Esa noche estuve encontrando la manera de darle forma. Por nada del mundo debía agacharme de nuevo.

Pienso que todo comenzó días atrás, tuve sueños en que se me caían los dientes, en otro sueño me picaba la nariz y cuando me la rascaba tiré de un cabello nasal logrando extraer dolorosamente una madeja de nervios sanguinolentos, era horrible. Sudaba frío y no era capaz de moverme. Porque intuía que un desgarrador alarido escaparía de mis venas rotas.

Traté de ocultar mi deformidad, en el trabajo usando un cubrebocas, anteojos oscuros, y sombrero. Arlette, mi compañera en la panadería, intentaba mirar a través de tanto misterio, pero yo le saqué la vuelta siempre, me iba con la charola a otra parte, o a barrer el aserrín que deja el pan al ser cortado. En algún momento confundí el crujir del pan con el crujir de mi propia cara.

De manera exitosa volví a casa esa noche, fui directamente a cenar porque no había probado bocado tenía miedo de que se me cayera la lengua en público, pero cuando llegué a la cocina no me pude quitar el cubreboca, se había quedado pegado. Fui al baño y me coloqué ante el lavabo de frente quedó una gaveta con un espejo, traté de hacer todo con mucho cuidado. Dejé el agua del lavabo corriendo. Tomé el sombrero que me había propuesto y tiré de él hacia arriba, eso fue lo más difícil. Salió fluido. Me puse optimista, aquella treta solo se llevó mi cabello. Quedó una masa rosada con grumos. Lo siguiente fue el cubrebocas, y eso sí me desanimó porque se fue con todo y pómulos, ya se me veía el hueso de la mandíbula. El dolor fue tenue, como si me hubiera quemado los centros de dolor. Pero al desprender los anteojos todo se vino abajo. Mis orejas cayeron en el orificio del lavabo.

Mis ojos y mi nariz deforme habían quedado adheridos a los lentes. Intenté retirarlos a tientas, pero, como no podía ver di un movimiento brusco y los lentes fueron a dar contra la llave, en un extraño salto, rebotaron. El nervio de uno de mis ojos se enredó en la manija del agua. El agua seguía corriendo. El agua le pegó fuertemente al ojo y lo fue desprendiendo. En la desesperación, al tanteo, encontré la llave, pero al cerrarla le corté el nervio al otro ojo que estaba enredado en ella; ambos globos fueron a dar al agujero del lavabo. ¡Qué cañería tan buena me habían instalado! Los ojos solamente siguieron su curso al drenaje.

Me quedé en silencio, en la oscuridad. Resignado, removí los nervios cortados que me habían quedado colgando en la mejilla. Ahora todos los escenarios eran negros, a ciegas, encontré el camino de regreso a mi cuarto, me recosté en la cama, nunca había sido tan inmensa. En ese momento sonó mi teléfono. Lo saqué. Mi torpeza me hizo colgar. Volví a acomodarme tras dejar el teléfono a un lado. Dormí. Diez minutos. El teléfono sonó, nuevamente, lo tomé, lo más calmado que pude. Imaginé cómo desplazar mis manos para contestar debidamente y lo conseguí, era Arlette… que estuve raro… que si me pasaba algo… que si podía contarle porque era de confianza… que si ya había cenado. Le dije: Tengo frío en mi cara.

Era Arlette… que si ya le podía decir mi secreto… que si me acordaba cuando le conté de qué mi ex pareja me puso el cuerno. Que no se burló… que si conocía la nueva manera de bajar cinco kilos en diez días con un suplemento milagroso que me dejaba en descuento…

-Es que, ya no tengo cara para verte.

Acudió a mi casa, disque a cuidarme como una amiga. Le dejé la puerta abierta, llegó después de dos horas.

-¿Ya me vas a decir tu secreto? -preguntó al entrar.

Le dije que no me iba a creer. Llegó a mi habitación.

-Pasa -le dije, también estaba abierto.

-¿Por qué está tan oscuro? -me dijo- ¿qué me vas a hacer?

-Es que ya no necesito la luz.

Entró al cuarto, yo creo que estaba asustada, respiraba extraño. Pisó el tapete, luego se agarró de un mueble.

-Voy a prender la luz, eh.

-Si quieres.

Se escucharon unos ruidos de objetos cayendo. Quizá un par de retratos, necesitaba uno con mi nueva apariencia. La luz se ascendió. ¿Debo describir el grito chillante que Arlette soltó al ver una calavera asomando de las cobijas? Pasó por las etapas del duelo todas juntas y de un zopetón.

-Ah, ya, qué broma tan culera es esta? Te escondiste debajo de la cama, verdad? Pinche pendejo. Te odio, cómo me haces esto.

-Te dije que ya no tengo cara.

Al verme hablar, cuando me incorporé, tuvo que aceptar la realidad de lo que ocurría. Su pánico ruidoso inundó la habitación.

Una vez que se calmó, se acercó a mí, con una extraña curiosidad. Para mirarme, en ese momento yo no la veía, pero sabía que me estaba mirando. Desde aquel día me convertí en su proyecto de ayuda social. Venía cada día a limpiar mi esqueleto. A pesar de su reducida educación intentaba conversar conmigo. Investigaba acerca de mi condición. Epidermolysis bullosa, suena a un conjuro. Pero mi caso era demasiado extremo, nunca antes visto, estaba en una condición propia de leyendas. Al ver que no podía ayudar a mi cuerpo quiso ayudar a mi mente, consiguió para mí una cita con un maravilloso psicoanalista.

Puedo describir su consultorio como una habitación negra de al rededor de cinco metros cuadrados. Mi silla era dura. Estaba seguro de que la de él doctor Perelló, quien arrastraba la voz con un tono de obesidad y pereza, era blanda como plumas de ganso.

-Ya está aquí mi paciente favorito.

-El único al que no le pude ver la cara, doc.

-¿Cómo se ha sentido últimamente.

-Ayúdeme, doc. ¿Sabe? Mi lengua está algo torpe. Comienzo a temer que se desprenda también.

-Debe ser más positivo, existen muchas enfermedades sin causa. Se trata de malestares psicosomáticos provocados por el estrés de la vida. La salud mental afecta de manera agresiva los padecimientos crónicos.

-¿Es decir, doc, que si me harta menos la vida no se me caerá la lengua?

-No puedo concluir nada en este momento, verá, solamente le conozco de hace unas semanas, pero, sin duda, una actitud positiva siempre trae grandes consecuencias positivas.

-Vamos, a los hechos, doc. si se me cae la lengua eso comprobaría mi hipótesis. perderé cada día más órganos y el día que pierda algo esencial, lo más esencial, el juego se acaba.

-Vamos, joven, por qué tanta paranoia, usted no está tan mal, tengo pacientes en peor estado de descomposición. Si viera lo que es capaz de hacer la anorexia o la droga…

-Bien, doc, en su mundo de hadas y ositos de goma sabor cereza, cuál es su prescripción.

-Un poco de terapia, hombre, algo que lo distraiga y le inyecte vida. Existe un taller de crochet muy relajante.

-Y cómo voy a hacer eso sin ojos, doc.

-Es cierto, es cierto, lo olvidaba, pero, si nada es limitación, muy bien, qué le parece una bitácora. Tiene usted vena de novelista.

-Y cómo voy a escribir sin ojos, doc, no veo, doc, parece que usted tampoco.

-Vaya, hombre, siempre le encuentra el lado malo a todo. Solo son opciones. Mire qué tarde es, se nos acabó el tiempo. Lo veo la próxima semana y espero una actitud más asertiva. Esa conducta de perder la cabeza a cada oportunidad lo puede llegar a enfermar.

En la sala de espera estaba Arlette, cuando salí, acudió a mí encuentro. De alguna manera, en el gesto de ella. Mi cráneo, quizá, se percató de una molestia. Me insistió. Mientras avanzábamos por el universo negro, hasta el negro sillón en el que ella me estaba hospedando, tras perder mi departamento por ser un fenómeno censurable no apto para menores, le conté los disparates del doctor.

-… ¿Ves, Arlette? Eso pasa cuando contratas a un psicólogo famoso por afirmar que la gran mayoría de las víctimas disfruta de su condición patética.

-Es que estaba en descuento. No podemos gastar en mejores bazofias, pero quizá no sea del todo un disparate lo que te dijo.

-Lo de que juege frontón o algo así? para ver más colorida la vida desde mis cuencas sin ojos.

-Lo de que tienes vena de escritor.

-Querrá decir, hueso de escritor.

-Como sea. No pierdes nada con intentar.

-Cómo se supone que escriba si no veo.

-Puedes dictarme, tonto.

-¡Qué buena idea, la de poner mis blasfemias a la venta en librerías! No me suena que se haya hecho antes.

-Has visto lo que publican hoy en día. seguro tienes cosas más interesantes que decir.

-Entonces, comenzaremos.

Curiosamente se me daban las palabras. Sabía que mi lengua estaba por caerse. debía aprovechar mientras mis pupilas gustativas estaban amarillas. ignoro cuantas palabras dije, con esa lengua adolorida y venenosa. Ella se dio cuenta que se me había necrozado la lengua mientras dictaba mis descabellados libros basados en cada una de mis extraordinarias experiencias de descomposición. Mi lengua se resistirá a caerse. sin importar qué tan podrida, sin importar qué tan dañinas, fueran mis sarcásticas tragedias. La lengua no se iba. Se me cayeron primero los dedos, un día escupí el pancreas, incluso tuve que ponerme cinta adhesiva en el ombligo para tapar las hernias pero la lengua hinchada, que secretaba pus, no se caía.

Sin avisarme Arlette llevó mis libros a una editorial, fueron un éxito rotundo. quisieron conocerme, para publicar mis obras de inmediato, al verme comentaron: “Habrá que contratar a un actor para los eventos públicos”. Me inventaron una personalidad y un nombre. El sujeto que me representaba no era un mal tipo aunque fumaba demasiado. cuando salió el libro se vendió de manera brutal.

“Memorias de un esqueleto crujiente”, tuvo una secuela “Memorias podridas”. Pronto salieron reeditadas y en pasta gruesa. Se llevó a una adaptación musical y en patinaje sobre hielo. Dejé el sillón de Arlette y me compré una casa en el mejor barrió del país. Mi vecino era el mismísimo magnate Carlos Skynny, dueño de todo el mundo empresarial. Él admiraba mis libros y cada día para él yo lucía más radiante, mi cráneo era cada vez más luminoso.

He sido nominado para el premio novel de literatura por mi novela “La cara del intestino”, ya se están haciendo negociaciones para llevarla al cine. El protagonista será Ryan Ghostbling. El guión tiene buena críticas. Puedo decir que para nada fue mi intención ser tan importante. En ocasiones Arlette me pregunta a veces por qué no me realizo una cirugía reconstructiva para el rostro, ella se puso implantes y botox, yo le respondo siempre que no, que si volviera a tener cara, solo sería uno más del montón, como todos los demás que tienen cara, y no tienen nada de especial. Sería un muerto de hambre nuevamente. Perdería todo lo que me hace un fenómeno.

-Javier Trejo

Disculpen que siempre los avandono un poco, queridos lectores. Sigo escribiendo, pero proyectos demasiado ambisiosos, quizá, o demasiado secretos. Les comparto este cuento, también para cerrar el año con algo de literatura. Es algo más satírico de lo normal, y poco más extenso de lo que suelo últimamente compartir por este medio. Los medios editoriales son muy exigentes y celosos en muchos aspectos. Nos vemos el año próximo y les agradezco todo el apoyo.

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