III. Los zapatos se acercan por los pasillos

Jaiver Trejo

A Sax le importó una mierda que le hubieran prohibido el acceso a la base de datos de la policía. Sabía cómo se traficaban influencias, conocía horarios en los que se simulaba trabajar pero nadie movía una pezuña (esto coincidía con la ausencia de los supervisores o el que los mandos tuvieran asuntos que resolver con sus secretarias).

Caminó de la manera más indiscreta hasta la puerta trasera (siempre hay una puerta trasera en las oficinas del sector [por ahí salen los funcionarios cuando se ven en la necesidad de escapar] por lo general dan hacia los estacionamientos) esta puerta suele estar cerrada y privilegia a quienes poseen la llave maestra.

Sax caminó entre las malditas chatarras del estacionamiento, cuando estuvo frente a la puerta la observó con desatino. Se cubrió las espaldas con un par de asomos hacia ambos flancos. Dio un golpe rápido a la perilla de la puerta, ésta se sacudió con ruido metálico y se abrió poco a poco.

Entró en aquel escenario descuidado que parecía alcantarilla de concreto. Había una cámara de vigilancia -fuera de servicio. Los de mantenimiento tendrían que estar arrestados. Avanzó. Esa área apestaba a orines. Siguió avanzando. Había un par de bodegas, una a cada costado, con cajas amarillentas repletas de objetos: ropa, frascos, revistas viejas. Siguió avanzando y por fin vio una luz en el pasillo. En esa parte había mosaico blanco cuyos bordes estaban llenos de sarro.

A la derecha: oficina vacía. A la derecha de la derecha: escaleras.

Tomó las escaleras. Subió sigilosamente.

Se encontraba junto a la oficina del jefe de sector. Del otro lado había una pequeña estancia con computadoras y algunos pasillos. “Bienvenido al sistema de seguridad pública del sector 51 de la policía capitalina”. No hay suficiente presupuesto como para pagar a los funcionarios y arreglar los sistemas de seguridad y no pagan lo suficiente a los especialistas.

De cualquier manera el sonido de pasos abrumaba el lugar, parecía que las personas que transitaban por las otras habitaciones estuvieran pisando las ruidosas tuberías. Sax se dio prisa. Encendió un par de computadoras cuyos procesos a duras penas alcanzaban velocidad suficiente para viajar por el híperespacio.

Hizo las sillas a un lado y se quedó en cuclillas frente a los monitores.

Atacó velozmente las teclas y se fue adentrando a los sistemas.

Colocó los paswords que le habían sido confiados con anterioridad.

Buscó la fecha del archivo, conectó su unidad de memoria y copió la información.

Aprovechó el tiempo para investigar algunos sujetos en el programa de identificación de sospechosos. Esta versión estaba algo restringida puesto que el sistema premium es de uso exclusivo de los federales. Pero, los crímenes del Escapista aún no estaban tipificados, debido a la negligencia de los pendejos en jefe.

Al mismo tiempo, en otro sistema, accedió a un mapa de criminalidad de las zonas implicadas. Comparó las dos pantallas, con víctimas conocidas y sospechosos. El brillo de los ojos de Sax se jactó de haber descifrado el patrón geográfico de las víctimas y los dos homicidios múltiples: una simple focalización geométrica.

Siguió corroborando y descartando posibles sospechosos.

El tiempo se terminaba.

Sus instintos le decían que en cuestión de segundos habría ineptos invadiendo su atmósfera.

No era suficiente información. Aún debía corroborar un par de cosas. Aún faltaba lo más importante: los antecedentes.

Buscó homicidios parecidos.

Nada se acercó lo suficiente: decapitaciones, acuchillamientos, altercados con algún picahielo.

La sangre podría ser la clave pero, ¿qué crimen no es también un trabajo sobre la sangre?

“Rápido, piensa, imbécil, tic tac, tic tac (es normal que uno pierda el quicio [nada peor que la gente que nunca pierda los estribos] es incluso esperanzador que una investigación logre angustiarte)”, el chiste de atrapar un ratón es que siempre quedan otros para seguir cazando, refinando el arte de machacar cabezas.

No encontró antepasados visibles. Este modo de matar era nuevo.

No lo hizo por primera vez. Nadie mata así a la primera.

Nacer para matar: únicamente las arañas.

Recordó que debía descargar también el mapa. Capturó la pantalla, reconectó la memoria y guardó el archivo CAD.

Escuchó voces y pasos que se acercaban.

Trató de acelerar el proceso. No habría tiempo de finalizar el sistema y la descarga no estaba completa.

Esperó a que los procesos terminaran.

Las malditas barras verdes no avanzaban y los zapatos se acercan por los pasillos.

Pudo ver, de reojo desde su posición, unas sombras que se movían en la oscuridad.

Eran dos hombres. Sus voces resonaban con el eco.

Se detenían constantemente a interpelarse por temas del mundo ordinario.

Sax bajó la cabeza. De ser descubierto lo detendrían y eso podría durar días, o incluso años si el encargado de acusarlo sabía torcer los trámites de registro.

Si existe algo en el mundo que no le guste a Sax eso es estar encerrado.

La descarga estaba a punto de terminar y aquellos sujetos balbuseaban sobre minifaldas y nepotismo. Tema muy popular en todos los cuerpos de policía de toda la galaxia.

El proceso terminó. Sax apagó la fuente de poder de los CPU desde el respaldo del gabinete.

Las pantallas se tornaron negras.

Se apresuró a sacar su unidad de memoria, toscamente.

Agachado, se desplazó hasta el otro extremo del lugar, y en un descuido de los especialistas giró sobre su propia espalda y llegó a la escalera.

“Ahora sí, a chingar a su madre”.

Bajó corriendo, no le importó el ruido que hacían sus pasos.

Los especialistas se alarmaron y se dirigieron a su encuentro.

Cuando llegaron al final de las escaleras únicamente vieron como la puerta que se encontraba en el lado oscuro del pasillo se había cerrado.

-Con una chingada, ¿qué fue eso?

-Mira, no hemos visto nada. Para qué hacemos bronca donde no la hay.

-¿Mirar qué?

-Exacto, cabrón, exacto.

-Hey, mi sistema no prende, compañero.

-Quién sabe qué habrá pasado.

-Vale madres, me lo van a cobrar.

-Ni de pedo. Tranquilo, ahorita la checamos.

-Güey, esto es malo.

-Ya te dije, aquí no pasó naa. Así que cierra el pico.

-¿Qué habrá hecho este cabrón?

Uno de ellos se cubrió la cara con las manos.

-Aaaaahhhh, ya vendrá el técnico.

-Me calmo, me calmo.

-Además, ¿sabes?

-Así no podemos trabajar. Larguémonos.

Mientras esto ocurría en la base de datos del sector, Sax, con las manos embolsadas y apretando en el puño la información recabada, se mezclaba con la locura citadina.

Queridos lectores: Saludos, tercera parte de esta novela por entregas. Gracias por seguirla y compartirla. Recuerden que el 22 de este mes habrá nuevo poema. He querido ponerme al día con algunas nominaciones que han hecho del blog pero no he podido. Además sólo nos faltan 200 seguidores para ser una comunidad de 5000 suscriptores, sin contar los que reciben las lecturas vía mail. Reciban un abrazo fuerte. 
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