BAJO LOS PIES DEL GIGANTE – RELATO DE FANTASÍA

El río, delgado trazo azul con pinceladas rojas, atravesaba el valle de Albion. Al atardecer, el cuadro de un interminable llano cuyo horizonte era resguardado por montañas verdes, bosques como mantos y el seco caparazón de un volcán, evidenciaban un antiguo lienzo de civilización. En primer plano, a corta distancia del río Alpheus, se encontraba la ciudad amurallada, pilas de roca resplandeciente: Una serie de torres altas, imponentes monolitos, avanzaban en espiral hacia una torre aún más alta.
Cada tarde, el rey Goliat, desde las alturas, admiraba la ciudad. Comerciantes, guerreros y ciudadanos, deambulaban por las calles. El reino se encontraba en guerra contra los invasores de Welyn, por lo que siempre se debía vigilar el paso de las montañas, era el único flanco por el cual, un ataque enemigo podría tener un desenlace brutal.
El rey era un tirano. Su manto era la piel de un león, su espesa barba ocultaba una expresión natural de desdén. Después de la muerte de su mujer se rumoraba que su ascenso al poder era ilegítimo.
El rey humillaba a la guardia de palacio, a las cocineras, a cualquiera de los ciudadanos, pero, desataba su gran saña con Ériu, la niña que cuidaba las caballerizas. En ellas, él tenía un pura sangre negro, su favorito, principal motivo por el que desataba su desprecio hacia la niña.
Los rígidos pasos de cuero de las botas del rey bajando por las escaleras de caracol eran un presagio. El sonido de paja pisada, relinchos, puertas de madera crujiendo… En las caballerizas estaba el dormitorio de Ériu. Era una niña de cabello rubio y ojos marrones, su camisón siempre estaba sucio.
El rey apareció, como todas las noches. Acarició el lomo de su caballo, avanzó, se detuvo frente a la cama de la pequeña. Se limpió las botas con un paño y se lo arrojó al rostro.
-Descansa y recuerda… Todo en mi reino está en su lugar. El pueblo, los puercos en la porqueriza. Sobre todo, tú: La miserable a la que perdoné la vida. Recuerda mi generosidad cuando tragues tu avena durante el almuerzo y cuando el calor de los pajares te salve del frío. Son mis pajares, mi calor y mi avena; me lo debes todo.
Ériu pensaba en él cada que se le desgarraban los pies porque Goliat había prohibido que usara zapatos. Claro que pensaba en él. El rostro del rey y sus amenazas habían estado ahí toda su vida. Siempre, como una bestia jugando con su presa.
Aquel hombre apagó las lámparas y desapareció entre los animales. El cálido abrazo de la paja y el resoplar de los cabellos eran lo único legible, noche tras noche, la luz del sol, como el borrador sobre una pizarra, hacía desaparecer todo y resurgir tiempo nuevo de recién nacidos cuentos.
Recientemente, también tenía prohibido que las personas le dirigieran la palabra. Cada mañana, la dueña enviaba a la niña con los mercaderes, con los campesinos e incluso los herreros, a recolectar los materiales necesarios en palacio. Ni los hoscos herreros, ni los campesinos o los mercaderes cruzaban mirada o palabras con Ériu.
Todos conocían la voluntad del tirano y la suerte de la niña. Sabían que ella era un juguete para la realeza, parte de un ritual de expiación sobre el cual desatar culpables crueldades, todos quienes cruzaban mirada con la pequeña intuían que algún día la obsesión del rey por ella sería completa y terminaría por destruirla.
La niña, ignorante de todo aquello, buscaba consuelo en el interminable atrio del santuario, se acercaba a los mendigos que hacían largas filas y en lugar de pedir algún dinero o esperar que la buena voluntad de los ciudadanos le ofrecieran una ayuda, ella pedía que la miraran, que le devolvieran el saludo o estrecharan su mano. Si aquella situación se hubiera postergado, seguramente habría olvidado cómo hablar. Pero, el destino, que es un río intrincado, inasible y salvaje, guiaría su vida por rumbo adverso.
Conocía aquella antigua historia, la había escuchado de las criadas del castillo. Mucho tiempo atrás, un rey de otro reino había sido emboscado y muerto, traicionado. Era célebre la imagen de aquel aristócrata convertido en alfiletero, porque en el cuarto trasero de su caballo habían inscrito la marca del enemigo que lo identificaba como guerrero traidor del reino. A la distancia, habiendo salido aquel rey de incógnito, fue confundido, atravesado por docenas de flechas y rematado por lanzas en cruz. Los miembros sin fuerza, la sangre corriendo entre cinturones y fajas… El temor de Goliat estaba justificado, Ériu, forjada en el temor, al resguardar el purasangre del rey también lo protegía de una traición, como ningún ejército podría.

Una mañana Ériu cepillaba al caballo cuando la cocinera pidió ayuda. Acudió al llamado, sin darse cuenta dejó la puerta de las caballerizas abierta, atravesó el patio siguiendo el contorno de la torre, tras cruzar un umbral de roca por fin arribó a la cocina donde le esperaban horas de rebanar vegetales, avivar brasas y aderezar sopas en calderos abollados.
Tras ardua labor, la cocinera largó a la niña, la cual volvió casi al anochecer y descubrió al entrar a las caballerizas que todas las yeguas y el caballo negro se habían escapado.
Descompuesta, con emociones sólidas atoradas en el pecho, pálida tras imaginarse lo que el rey podría hacer con ella al enterarse, se asomó por el patio, corrió por los alrededores donde todo aquel a quien preguntaba acerca del ganado se negaba a darle noticia. Todos la miraban y ella sentía que con cada mirada la acusaban y se iban destruyendo las murallas, el mundo conocido enteramente se apartaba y en su imaginación no existía nada más.
Cuando volvió, exhausta a palacio, casi no podía respirar. Su llanto y el polvo del camino habían pintado en sus mejillas lágrimas de fango. Justo en el patio la esperaban los criados de palacio, la dueña y los guardias. Uno de ellos sujetaba por la rienda al caballo negro que tenía patas inquietas. Ninguno le regaló una despedida pero ella sabía que sería su última noche.
Se recostó y se arropó, la oscuridad en la caballeriza era como paja negra que saturaba el espacio. Escuchó el sonido de los pasos que bajaban por la escalera de caracol y recordó que ella nunca había visitado los aposentos de su majestad, no había visitado los pisos superiores, únicamente guardaba el recuerdo de la alfombra roja de la recepción, en su imaginación esa alfombra era muy cómoda para dormir. Recordaba las esculturas alineadas, dispuestas geométricamente, las pinturas en los muros, además de eso, sólo había puertas de recuerdos clausurados.
Por fin el rey apareció, como un dios de la noche cuyos ojos como las monedas de plata fulguraban. Su presencia inquietó a las bestias. Se paró junto a la cama y dijo:
-Mi hospitalidad se ha terminado. Es hora de marchar.
La niña se puso en pie e intentó tomar sus pertenencias, pero lo único que poseía era el camisón roto que había usado antes del que traía puesto, y que, de tan viejo y tan sucio, sólo servía para asear los pies tras visitar los chiqueros. Instintivamente, la niña estiró la mano y tomó un puñado de paga, quizá para recordar su origen, pero el rey no le permitió conservarlo. Le apretó la mano fuertemente hasta que ésta se abrió. Y así, con la extremidad aprisionada, la fue acarreando fuera del establo, a través del patio, bajo las altas torres, más allá de palacio, entre pasajes de una ciudad dormida, resguardada por pocas luces de fuego, hasta llegar a la altísima puerta de la muralla.
Ériu quedó asombrada. No le alcanzaban los ojos para mirar tanta madera. El rey dio la orden y dos enormes vigías de armas oscuras halaron palancas y manivelas activando con giros de fuerza el mecanismo de la puerta, se abrió un pequeño resquicio, como para que carruajes y caballos pasaran. El rey pidió a aquellos vigías que permanecieran alerta y salió de la ciudad junto con la niña.
El valle estaba abandonado, en el río de agua clara la música corría. El hombre y la niña caminaron, por primera vez ella pudo ver su ciudad desde el exterior y le parecía increíble. En lo alto de las torres había guardias cuidando piras ardientes.
El brazo le dolía, el aroma del rey era fuerte, su respiración alterada. Cuando estuvieron lejos él la arrojó al piso.
-¡Vete, no vuelvas! De lo contrario pediré que un guardia me lleve tu corazón en una lanza y se lo daré a los cuervos.
Ériu se puso en pie, había caído en un pequeño montículo y al levantarse la luz de la luna golpeo su atuendo. A contra luz, la silueta de un cuerpo femenino se dibujó. Las estrellas eran nuevas.
-No eres más una niña.
El hombre caminó hacia ella, la rodeó con los brazos, probó sus caderas y estrujó sus pechos. Ella se resistía sin decir palabras legibles, sabía que estas enfurecían a su majestad. Se defendió como podría haberlo hecho una oveja que gime inconforme.
Las miradas de ambos se cruzaron, él se contuvo, su respiración recuperó la compostura. Dio media vuelta y dejó a la niña en el valle. La puerta se cerró detrás del rey.

No supo cuánto tiempo permaneció sentada a la orilla del río lavando sus pies. La noche podía ser muy fría, intentó entrar a la ciudad por alguna otra puerta pero la muralla era perfecta. Cuando perdió toda esperanza de regresar, entendió algo:
-Quizá nunca fue mi lugar. No los odio, porque solamente obedecían, pero no puedo perdonarlos, y no quiero vivir con los caballos. Lo que busco nunca estuvo aprisionado.
Había recobrado el habla. Probablemente poseía más cosas en el exilio que bajo el resguardo del rey. Caminó sin rumbo, lejos. Tras de sí dejó el valle, se dirigió hacia el nacimiento del río, cuando miró la aguda silueta de volcán, se asustó y buscó un sitio para pasar la noche, encontró un manantial, el ambiente en ese lugar era cálido. Removió las hojas de una planta gigante y las usó para cubrirse del frío. Así concluyó aquella noche.
Cuando amaneció, Ériu abrió los ojos lentamente. Había escuchado un ruido, como si desde lo profundo la tierra roncara. Enderezó la cabeza, miró hacia los árboles y nada. Cerró nuevamente los ojos. Al respirar, escuchaba aquella vibración, era agradable pero tremenda.
-¿Qué pasa?…
Se talló los ojos.
-Todavía tengo sueño.
Pero el suelo, la yerba, las hojas de los árboles, no dejaban de tambalearse. Incluso los pájaros parecían estar inconformes. Intentaban posarse en las ramas y estas se sacudían.
Ériu se puso en pie, se talló la cara como se hace para ahuyentar el sueño, en el momento en que ella terminó de erguirse hubo un terremoto. Los ojos de la pequeña quedaron trastornados al mirar como la montaña se iba levantando, desprendiéndose de la tierra, grandes rocas rodaban cuesta abajo, el río se desconectó y dejó de correr por el valle. La ciudad, a la distancia, era diminuta. Luego pudo ver como una enorme mano de roca se levantaba y estrechaba la parte frontal de la montaña como la niña había hecho para espantar el sueño.
A todo esto le siguió un gemido como de una bestia prisionera en un laberinto de cavernas, un gruñido, un pujido medio constipado que se repetía y carraspeaba, se escuchó hasta que la cumbre del volcán se destruyó en una nube de ceniza, y humos y magma luminoso poblaron la seca cáscara. La montaña soltó un bostezo. Dos manos de roca se extendieron en las alturas. La niña trastabillaba por el mecimiento de la tierra, ella y los pájaros huían de las nubes de ceniza, en su escape tropezó, cayó por un costado de la montaña rondando sobre yerba, sufrió muchos raspones. Cuando llegó al borde, cayó al vació; recordó a los padres que no conoció y que la abandonaron.
Cuando abrió los ojos se encontraba sobre yerba verde. Al mirar a su alrededor descubrió que estaba en una de aquellas manos de roca. Se puso en pie y miró lo que había frente a ella. Ni siquiera en sus sueños más fantasiosos pudo ver jamás algo tan asombroso.
La montaña se había despertado de un sueño quizá milenario. Era un coloso de piedra, se sostenía sobre dos fuertes piernas, en su pecho había una caverna desde la cual brotaba una intensa luz como la del sol; mirarla de frente lastimaba los ojos. Su rostro tenía dos cuevas también luminosas que hacían de ojos y una tercera caverna más larga debajo de estas con piedras parecidas a dientes. La cara también tenía expresiones y parecía haberse tranquilizado al mirar a la niña.
El gigante estaba encorvado. Sobre su amplia espalda sostenía, de un lado un bosque verde y poblado, del otro, el volcán de magma y ceniza, en el centro, un manantial de agua clara. Fue su respiración lo que había despertado a la niña. Dio un último bostezo que hizo estremecer el valle y un extraño y reconfortante canto surgió de su pecho.
-Buenos días.
El gigante no sabía hablar como los hombres así que solamente gruñó de manera educada.
-Lamento haberte despertado. No sabía que estaba en tu espalda, ¿te hice cosquillas?
El gigante respondió meciendo la cabeza.
-¡Puedes entenderme!
Esta vez el movimiento de la cabeza fue de arriba abajo:
-Eres muy inteligente.
El mismo movimiento.
Ériu soltó una carcajada y ésta desató la risa del gigante; hizo salir volando despavoridos a los pájaros que vivían en sus árboles. La niña siguió riendo.
-Tendrán que acostumbrarse a ti si quieren seguir viviendo en ese bosque.
Desde la mano del gigante Ériu pudo ver que hacia el este había una villa vecina.
-Señor… Señor piedra… ¿Está bien si le llamo así?
El gigante abrió grandes los ojos y negó.
-¿Señor grande? ¿Montaña?… ¿Gran gigante?
Ninguno de esos nombres le gustaba.
-Y, ¿qué tal, Anton, puedo llamarte así?
Esto pareció gustarle al coloso.
-Bueno, amigo, ¿Podrías bajarme?
Al instante la montaña se inclinó hasta que la mano tocó tierra y la niña bajó de un salto.
-Bien, mucho gusto. Probablemente ese lugar pueda conseguir trabajo y comida…
La niña echó a andar, estaba asustada, no podía ocultarlo, cuando había avanzado un buen tramo escuchó un estruendo y la tierra saltó. Miró hacia atrás y vio que el gigante la estaba siguiendo. Los recuerdos se agolparon y años de desprecio e indiferencia inundaron sus ojos. Nunca hubiera imaginado que el afecto tuviera un rostro tan extraño. Levantó las manos y gritó.
-¡Hey, amigo!, ¿quieres acompañarme?
El gigante puso sus palmas en el suelo y se acercó para mirar a la niña, su rostro tenía una expresión divertida y expulsaba fumarolas con su volcán. Soltó un gruñido de victoria para después asentir aceptando la propuesta de la niña. Ella echó a correr y se percató de que no avanzaba demasiado. Miró al gigante y gritó:
-¿Podrías llevarme?
Él puso una mano extendida con la palma hacia arriba sobre el suelo de manera que ella pudiera subir, y emprendieron la estridente marcha. El cielo y el horizonte quedaron grabados en los ojos de Ériu. El voluminoso ruido de la ventisca la ensordecía.

La villa de los montañeses siempre había sido un lugar quieto. Allí vivían artesanos y agricultores. Todas las casas de la villa estaban labradas con figuras humanas y animales, se enlazaban unas con otras formando un complejo de figuras pardas. Los niños corrían, se trepaban en los rostros de los lobos hechos de madera, subían a las cabezas de las águilas, trepaban hacia los tejados de las casas y corrían. Los padres y los ancianos advertían a los niños del peligro.
-¡No somos unos cobardes!
De pronto cada pieza de madera que formaba las estructuras de la villa comenzaron a trepidar. De pronto, algunas tejas sacudidas por las vibraciones se despedazaron contra el piso. Los adultos ayudaron a los niños para bajar. Una enorme silueta se interpuso entre el sol y la villa. La sombra envolvió a las personas. Los ancianos fueron afectados por la impresión; los niños salieron huyendo a ocultarse.
Un gigante de roca de escabrosa mirada se levantaba amenazante y avanzaba desde los linderos del pueblo. Una vez que la multitud recobró el aliento los jóvenes corrieron a las casas de armas. El único hierro que poseían coronaba las lanzas y las flechas de su armamento, formaban las hombreras y escamas de sus armaduras. Un grupo permaneció en el interior de la villa defendiendo a niños y ancianos mientras otro formó filas en el exterior.
Muy contrario a la expectativa de los guerreros, el gigante se quedó de pie frente a ellos, una montaña frente a un pueblo. Un guerrero, poseído por el terror, tuvo el reflejo de arrojar su lanza. Los pájaros que vivían en la espalda del monstruo salieron volando, el acero chocó contra la rodilla para caer luego al piso sin generar ningún efecto.
-¡Qué malo eres si no te hemos hecho nada!
Los guerreros se sorprendieron de que el gigante tuviera voz de niña. Cuando la bestia retrocedió los guerreros y las rocas saltaban con cada paso.
-¡Ataquen!
-Ay, ay, ay, dejen de arrojarnos cosas. Anton, cúbrete la cara, te van a dejar marcas.
Flecha tras flecha, lanza tras lanza, llovieron como alfileres sin ton ni son; solamente unas pocas permanecieron clavadas en la roca. Los defensores hicieron uso de todos sus recursos, no escatimaron en armamento, aun así, se quedaron sin flechas y el gigante no hacía más que bailar intentando cubrirse.
-No queremos hacerles daño pero ya déjennos tranquilos.
El líder de los temerosos guerreros dio un paso al frente.
-Gran monstruo, qué es lo que deseas de nosotros, qué podemos ofrecerte a cambio de nuestra seguridad.
-Tenemos hambre y frío.
-Lo que tú nos pidas te será entregado pero debes prometer marcharte lejos y no regresar. ¿Qué es lo que quieres comer?
-Dennos un momento para decidir.
El hombre montaña dio media vuelta y sus movimientos hacían pensar que se encontraba cuchicheando. Después de unos momentos se dirigió nuevamente a los guerreros.
-Queremos queso, leche, fruta, y un vestido.
Los guerreros estaban extrañados.
-No habrá problema con la comida, pero no tenemos vestidos tan grandes. Vuelve durante la próxima estación y habremos tejido algo para ti.
-Ah, el vestido debe ser pequeño, como para una jovencita.
Aquel día pasó a la historia en el registro de la villa de los montañeses, cuando un líder militar se encargó de que sus hombres cargaran bolas gigantes de queso y buscaran los vestidos más vistosos, para entregarlos como ofrenda a un gigante que esperaba sentado sobre el monte. Los pájaros regresaron.
Cuando la tarde pintó el paisaje de naranja y el gigante se encontraba rascándose el brazo, los guerreros ofrecieron el cargamento de comida y vestido al coloso.
-Muchas gracias, señores. Son ustedes muy amables. Excepto por la parte en que intentaron matarnos, tuve mucho miedo.
-Aquí está lo que prometimos. Tómalo y márchate.
El gigante se inclinó. Con su enorme mano fue levantando el cargamento de comida, baldes de leche y bolas de queso atadas a tablones. Los puso sobre su interminable espalda. Después, tras un movimiento fino haciendo pinza con el pulgar y el índice, atrapó el cofre en el que habían sido entregados los vestidos y los cargó también. Los hombres retrocedieron.
-Esperen, por favor.
-¡Qué!… ¿Es que acaso deseas algo más de nosotros?
-Es que no queremos que nos regalen todo esto. Dennos tiempo para pensar.
Se inclinó hacia enfrente y apoyó su mentón contra su puño mientras, con otra mano, se rascaba la cabeza. Esto hizo que algunas rocas se desprendieran del rostro dejando ver una veta de plata.
-Sigue así, rasca más duro.
Muchas pepitas cayeron en la mano del gigante quien luego la extendió hacia los hombres.
La noche llegó. La gente de la villa prendió hogueras y se encerró en sus insignificantes murallas. El gigante siguió su curso, masticando grandes trozos de queso y balanceando sus brazos a contraluz de luna.

En la sala del trono, Goliat, rey de Albion, recibía al hechicero Doirich quien revelaría el misterio que envolvía la desaparición del río Alpheus y de la montaña de la cual nacía. El monarca asomó por el ventanal, para él, el fuego de la noche era un anuncio; los días de destrucción se acercaban, la ceniza pronto sería una tolvanera que inundaría el continente.
El cuerpo alargado del hechicero marchó sobre la alfombra del salón, junto a él, los guardias caminaban armados hasta los dientes como era costumbre para la seguridad de su señor. Los muros estaban cubiertos de pinturas en las que quedaban retratados hechos funestos, la línea histórica de las masacres que habían culminado con la coronación de Goliat.
-No soy dueño de las artes oscuras; es por eso que me hacen falta alquimistas y sabios, hechiceros como tú, para que me expliquen claramente, ¿por qué las montañas que protegían mi valle se han ido?
-Mi gran señor, usted es más cercano a las artes oscuras que yo; las lleva en su sangre. Fueron sus padres los que escribieron cada línea del libro de las llamas para después alimentar el fuego con sus propias páginas.
-Déjate de palabrerías.
-Como usted ordene.
-Algo me inquieta.
-Y su temor está justificado.
-Un emisario que vigila las villas vecinas vino ante mí esta tarde, hechicero. Un gigante de roca saqueó la villa de los artesanos. Aquellos miserables le hicieron frente y no pudieron detenerlo.
-Así que eso es lo que le preocupa a mi rey. Que la bestia regrese, para destruirlo.
-Destruirnos a todos.
-Mi señor, el demonio que usted busca tiene por nombre Dagda. Mucho tiempo antes de que la historia de este mundo se escribiera hubo una guerra entre gigantes, los hijos de la tierra disputaban el dominio del mundo. Todos los gigantes murieron en combate, algunos luchando entre ellos y otros fueron destruidos por los dioses. Dagda sobrevivió, tras la pelea estaba tan cansado que se tendió en el valle y se quedó dormido. Se convirtió en una leyenda. Durante mucho tiempo la gente pensó que la familia Cumhall, cuna de reyes justos y de grandes héroes, fue protegida por un pacto de sangre con aquel antiguo gigante.
»Ahora sabemos dónde dormía, mi señor. Y el río Alpheus no desapareció, simplemente se ha convertido en una laguna justo en el lugar en el que dormía el gigante. Usted puede enviar un grupo de hombres para cavar un surco y volver a encauzar el agua. Puedo ver el terror en los ojos de mi rey. Diez monedas de oro por sus pensamientos.
-Ayer por la noche era claro que mi ejército era el más poderoso del continente. El amanecer de hoy trajo consigo un mundo nuevo en que…
-El dragón tiembla de miedo.
-Quiero que encuentres la manera de destruir al gigante.
-Usted está muy equivocado, mi señor. ¿No le parece mejor idea esclavizar al gigante?
-¿Es eso posible?
-Claro que sí, podemos hacer un pacto de sangre con él y así formaría parte de su ejército.
-Sería el arma más poderosa que el mundo haya visto.
-Primero hay que debilitarlo y luego usted ofrecerá su sangre.
-Díganle a los generales y a las tropas que se preparen. Que carguen todas las máquinas de guerra. Mañana partiremos. Cazaremos al gigante.
El hechicero se confundió con las sombras y desapareció.

Una niña se baña en el manantial. La espalda del gigante es un mundo. El monstruo ha demostrado consideración al calentar el agua. Ella se lava el pelo, el agua corre por su cuello. Sobre el agua se reflejan las estrellas, las luces danzarinas se multiplican con el tacto de la niña.
Se levanta desnuda, corre hasta el borde, donde la espera una mano de roca que la lleva hasta la boca del gigante, quien de un soplo, deja el cuerpo de la niña completamente seco. Nuevamente sobre la espalda del gigante, la pequeña abre el cofre y saca uno de los vestidos; bajo la luz de la luna relumbra su brillo azul. Tiene el cuello alto y las mangas largas. Como tiene mucho vuelo rasga la falda con los dientes y la recorta.
Luego se pone el vestido, cierra su cofre, toma algo de leche con un pocillo de madera, corta un trozo de queso. Come. La niña se acurruca sobre una roca. Le da las buenas noches a su gigante, quien, sentado sobre las montañas, enciende la penumbra eterna con la luz de sus ojos.

Los carros de guerra de Albion seguían los pasos de la niña y el gigante. El rastro de las huellas colosales que lastimaban el horizonte, los rumores que corrían sobre una bestia poderosa que rasguñaba las nubes por diversión; todo esto fue guiando al ejército de Goliat hasta el confín de la cordillera.
Los soldados metálicos de cascos puntiagudos como narices de tiburón marchaban, caballos y máquinas de guerra galopaban y rodaban escarpando la tierra. Vehículos metálicos soportados por ruedas y esferas, movidos por la fuerza del fuego alineaban sus mecanismos de ballesta y catapulta.
El carro de Doirich, el hechicero, tenía un balcón desde donde aquel alquimista observaba el cielo y leía el destino en las curvas de las nubes y en el sabor del viento. Sus aprendices cumplían todos sus caprichos, al interior de sus aposentos móviles se cocinaban media docena de pócimas incandescentes, exóticas y volátiles.
El mismísimo rey Goliath, marchaba en su caballo negro frente a las tropas, hasta que, finalmente, en el horizonte apareció la imagen del gigante golpeando una meseta como si fuera un tambor. Imperceptible para los militares, frente al gigante, había una niña bailando, jugando con aquella bestia incontenible. Lo que para los hombres de guerra era el estruendo de un animal que destruía las rocas, para el coloso y la niña era una risa que surgía de las profundidades.
Cuando el ejército estuvo a una distancia considerable, el rey dio la orden de un ataque total. Las máquinas se posicionaron para disparar sus ballestas y catapultas de fuego. La caballería tomó los flancos y la artillería preparó las flechas que disuelven la roca, invención de Doirich.
El canto de los pájaros se convirtió en un ruido estridente poco antes de que éstos salieran volando y una oleada de bolas de fuego impactaran contra el hombro y la espalda del gigante quien se tambaleó debido al impacto para después apagar el fuego de su espalda como ahogando una comezón con las manos.
La niña miró por el borde de la meseta y vio una mancha que lo rodeaba todo. Echó a correr.
-¡Anton, ayúdame a subir, hay que escapar!
Corriendo subió a la mano del gigante. De un salto, el monstruo bajó de la meseta y comenzó a marchar en dirección contraria al ejército que intentaba darle alcance con sus disparos. La meseta ardió en llamas.
-No entiendo por qué todos nos quieren destruir. ¡Déjennos tranquilos!
La caballería, liderada por Goliat, había rodeado al gigante. Incendiando la yerba cercaron a la bestia. Las fuerzas que habían quedado atrás tomaron posición de apoyo. Abrieron fuego nuevamente pero el gigante, protegiendo a la niña, repelió los ataques con el movimiento de su brazo.
Las esferas de fuego cayeron entre las tropas generando daños. La niña gritaba. Hubo disparos concentrados en el hombro del gigante quien sufrió una herida, grandes rocas se desprendieron, colocó a la niña en su espalda y se sujetó el hombro, a juzgar por sus fuertes gritos parecía que le habían provocado graves daños.
-¡Deténganse, deténganse!…
El rey, alcanzó a escuchar la voz infantil. El grito era recurrente y Goliat ordenó cese al fuego. Cuando el único sonido que reinaba era el crepitar de las llamas, la niña apareció sobre la cabeza del coloso. Pidió a su amigo que la ayudara a bajar. El gigante dejó de sujetarse el hombro, el cuál, ahora estaba cocido usando raíces en lugar de hilo, como si hubiera sanado tras el tacto del gigante. Ériu subió a la mano de Anton, quien la mostró a Goliat. Doirich, montado a caballo, fue al encuentro del rey para aconsejarlo.
-Parece ser que esa niña controla al gigante.
-Es la pordiosera que cuidaba de mis caballos. Debí matarla aquella noche.
-No, su alteza, debe usted ser más inteligente. Ya habrá notado que si el gigante tuviera la intención de destruirnos ya lo hubiera hecho. Lo más que nuestras armas incendiarias han logrado es rasguñarle el hombro.
-Entonces, ¿cuál es tu consejo?
-Negociar con la niña. Ella ignora el poder del monstruo.
-Espero que no te estés equivocando, de lo contrario, desataré sobre ti mi descontento.
El caballo del rey avanzó al encuentro del gigante. La niña y el rey estuvieron frente a frente.
-Jamás pensé…
-Usted creyó que me iba a morir de hambre.
-Lo esperaba, pero algo me decía que no pasaría.
-¿Qué es lo que quieren, por qué nos atacan?
-Queremos a Dagda. Con él de mi lado los invasores de Welyn no tienen oportunidad.
-Él no es ningún guerrero Dagda ni nada, solamente queremos que nos dejen.
-Esa es mi oferta para ti y para tu monstruo: Destruyan a mis enemigos y los dejaré libres.
La niña comenzó a llorar recordando la noche en que el rey la había echado de la ciudad.
-Dile a tu ejército que se vaya.
El rey hizo un gesto con la mano y las fuerzas bajo su mando retrocedieron. Indicó también a su hechicero que se marchara y éste, envuelto por una nube de humo, desapareció.
-Tú y tu gigante…
-Haremos lo que usted pida.
-Si deciden traicionarme…
-Se lo que usted es capaz de hacer.
-No, niña, aún no lo sabes.
Cuando Ériu y Anton estuvieron solos entre las llamas. El gigante comenzó a apagar el fuego con el toque de sus manos y donde las imponía volvían a crecer las yerbas. Cuando llegó la noche, aún quedaba fuego; se extinguió en los ojos marrones de la pequeña.

Al día siguiente, la niña y el gigante marcharon rumbo a las minas de Welyn, lugar en que, según informantes, se estaban formando las armas para el ataque contra Albion. Las minas estaban empotradas al interior de un barranco que conducía a un abismo. Goliat había pedido que se redujera la mina a escombros para mermar las fuerzas del enemigo.
Destruir la mina sería sencillo pero la niña no tenía intención de que los mineros murieran. Así que pidió al coloso que esperara en el abismo a que ella le diera una señal. Luego, subiendo por la mano de roca fue a buscar la entrada de la mina y, a escondidas, robó algunas ropas de los mineros para entrar a las cavernas.
El interior de la mina estaba alumbrado por las jaulas de aves luminosas, pajarillos cuyas plumas resplandecían; su luz avisaba del peligro. Ériu llevaba zapatillas de minero, ropas holgadas y un turbante. Avanzó entre los túneles que bajaban hasta el barranco. Vio hornos en los que se fundían las armas, decenas, centenares de espadas, lanzas, y armaduras. En el centro, había un enorme caldero cuyo contenido incandescente borboteaba.
Ériu lo tomó por el borde y empujó con todas sus fuerzas para volcarlo. Se quemó las manos, por poco el gran recipiente rueda de regreso y la arrolla, pero recuperó su trayectoria y se precipitó hacia el barranco derramando el metal fundido por todo el lugar.
-¡Peligro, salgan todos!
La niña se acercó al despeñadero, se asomó por el borde, tuvo miedo de caer porque cientos de rocas afiladas y rápidas aguas la amenazaban, pegó un grito, el gigante respondió a esta señal extendiendo la mano para cubrir las chimeneas de la mina y que todos pudieran verlo.
Decenas de mineros corrieron despavoridos por la ruta de escape. En pocos instantes el gigante dejaría caer su poderoso puño sobre la mina. También Ériu debía escapar pero se dio cuenta de que los mineros se habían olvidado de cargar con las jaulas de los pájaros luminosos, así que corrió de un lado al otro abriendo las jaulas y dejando escapar a las aves. De pronto, el lugar comenzó a temblar por los impactos del gigante.
La niña se apresuró, uno tras otro los pájaros escapaban volando, pero uno de ellos no quiso salir de la jaula, ella tuvo que cargarla y salir corriendo, evadiendo escombros entre nubes de polvo. El lugar se venía abajo.
Los mineros estaban a salvo. De pronto, la niña salió, cargando su jaula, el resto de los mineros la miraron desconcertados. Detrás de ella se miraba la mina destruida y el rostro curioso del gigante. Ella se quitó el turbante, abrió la jaula pero el pajarillo no escapaba. Golpeó la jaula contra el piso pero aun así el ave no quiso salir.
-Bueno, cuídense mucho.
Corrió en dirección contraria, fue saltando entre las rocas y subió por el hombro del gigante. La niña y el gigante se alejaron; los pájaros luminosos iban detrás. Aquella noche, el bosque que sostenía el gigante Dagda en su espalda fue iluminado por las aves que se quedaron a vivir allí y aquella ave enjaulada aprendió a volar.

Aquella niña no conocía la música del mar. Ignoraba que el mar fuera como voces que chocaban unas con las otras o que las tortugas tuvieran la edad del mar. Nunca había visto cangrejos azules y verdes, grandes y anaranjados, que hacen sus cuevas en la arena. Aquel día ella y Anton se sentaron en la playa.
No estaban allí para jugar entre la arena ni bañarse en el océano, detrás de ellos se encontraba la gran puerta de Badb un acceso construido entre las rocas. Era más alta que el gigante y resguardaba un acceso marítimo que podría ser provechoso para la invasión de Albion. Se tenía conocimiento de que una flota de Welyn intentaría acceder por el canal para desalojar tropas tierra adentro.
Como si el océano supiera que se avecinaba un enfrentamiento, el cielo fue invadido por una tempestad. Las fuerzas navales del enemigo avanzaron envueltos en ráfagas. El gigante plantó sus pies de cada lado del canal que cruzaba por la puerta de Badb. Los barcos avanzaron directo hacia él. Los marineros prepararon los cañones. Comenzaron a disparar, pero debido a la tempestad pocos tiros daban en el blanco.
Ériu estaba totalmente empapada, temblaba de frío e imploraba porque aquello terminara de una vez. El gigante soltó un grito tan tremendo que el estruendo expelido por la caverna de su boca casi logra que los barcos se vuelquen. El gigante levantó los brazos para asestar un golpe definitivo.
-¡No, Anton, para!
Quedó inmóvil en el acto.
-¡Hay que destruir la puerta, así no podrán entrar!
El gigante volcó su furia contra la puerta y los trozos bloquearon el estrecho. De cualquier manera, debido a la molestia que le causaban los cañonazos, el gigante, entre gemidos estruendosos, tomó una a una cada embarcación y caminó tierra adentro dejándolas en paisajes inaccesibles, cancelando sus ataques.
Para el gigante, enfrentar la tempestad no significaba gran cosa pero Ériu estaba sufriendo debido al frío. Temblaba, se abrazaba a sí misma, sus dientes castañeaban, sentía que se iba a desmayar. Cuando el gigante notó que ella estaba debilitada corrió hacia la tempestad y la atravesó. Del volcán que había en su espalda salían disparados vapores. La luz del corazón gigante que brotaba de la caverna en su pecho cambió de color y las vibraciones hicieron una música que transformó el clima haciendo desaparecer la tormenta. Cuando cesó, la luz del sol era intensa. Ériu no dejaba de temblar, había sido demasiado esfuerzo. No se levantaba. Con cuidado, el coloso tomó a la niña y la introdujo en la caverna de su pecho. La niña quedó reconfortada por la luz y el calor.
-Anton, tu palpitar… Es como una canción de cuna.
El agua del océano le llegaba hasta las rodillas del coloso. Cuando las gotas que escurrían por su cuerpo eran atravesadas por la luz del sol formaban pequeños arcoíris. Los peces voladores saltaban. La voz del agua se disipaba en la inmensidad.

Cuando emprendieron el camino de regreso a Albion, Ériu estaba muy enferma. Anton se preocupó. Decidió desviar el camino. Se encontraba a la entrada del reino de Éireann. El gigante avanzó hasta llegar al templo de las cuatro cascadas. Las sacerdotisas Ásynjur salieron de los santuarios. El gigante les entregó a Ériu. Aquellas mujeres vestidas de blanco asistieron a la niña.
Pronto llevaron a la niña hasta la ciudad. Era un pueblo pequeño pero próspero. Los edificios estaban hechos de roca. El gigante seguía todos sus movimientos. Fue atendida por un médico y algunos guardias le hicieron compañía al coloso quien no despegaba la mirada de Ériu observando desde las afueras del pueblo.
El médico bajó la fiebre de la niña con paños empapados con agua fría. Luego preparó una medicina con yerbas e hizo que la bebiera. Después de eso sólo esperaron. La niña sufría delirios debido a su malestar. En sus alucinaciones veía a al gigante corriendo sobre las nubes, bebiéndose las estrellas, gritando como un salvaje, metiendo sus manos en las entrañas del mundo y extirpándolas.
Poco a poco la temperatura se equilibró. La pequeña estuvo fuera de peligro. Cuando despertó era de noche. El pueblo era alumbrado por antorchas y por los ojos del gigante.
Casi al filo de la medianoche Brigid Cumwall reina de Éireann, fue a visitar a la niña. Los grandes ojos de la reina inspeccionaron los rasgos de la cara de la pequeña. La mujer se quitó la capa, acercó una silla y se sentó. Puso una mano sobre la frente de Ériu para luego acariciar su cabello.
En el fondo de aquella habitación había dos curanderas y la guardia real.
-Las sacerdotisas Ásynjur tenían razón. Su cara, su cabello, esta niña es la hija de Liath.
Despertó y miró a la reina de Éireann.
-Pequeña, ¿de dónde vienes?
-De Albión.
-¿Quiénes son tus padres? ¿Qué edad tienes?
-Soy hija de nadie, crecí sola, ni padres ni amigos ni nada. Tampoco sé cuándo nací.
-¿Qué estás diciendo?… ¿No sabes quién eres?
-Soy Ériu, la pordiosera, el rey Goliat perdonó mi vida. Crecí en sus establos durmiendo con los caballos hasta que me exilió… Me quedé sola, vagué por la noche hasta que encontré a Anton.
-Dagda, el guardián, tú le llamas Anton.
-Anton sólo es Anton.
La reina comenzó a llorar y abrazó a Ériu.
-Mi niña… No te merecías esa vida.
La enferma se sorprendió.
-Usted… ¿me conoce?
-No te había visto desde que eras una beba.
-Entonces, ¿usted sabe quién es mi papá?
-Tu padre fue mi hermano Cormac Cumwall. Rey de Éireann. Tu madre se llamaba Liath, era mi dama de compañía en palacio. Tu madre era tan hermosa como tú. Ellos se casaron en secreto. Tu madre murió tras el alumbramiento; eso destruyó a tu padre. El rey Goliat siempre había sido amigo cercano de Cormac pero envidiaba las riquezas de su reino. Así que, en los momentos más oscuros para tu padre, Goliat ejecutó su jugada maestra. Le tendió una trampa marcando su caballo para que fuera atacado por la guardia real.
»Ese mismo día el ejército de Goliat atacó Éireann, asesinaron, saquearon y nos redujeron a esto que puedes ver. Durante el saqueo, Goliat se llevó a la heredera al trono, tú, dejando a un país sin guía ni fuerza. Tuve que tomar el lugar de mi hermano y guiar a estas personas a la supervivencia.
»Ériu, estoy contenta de que hayas vuelto. Nuestra gente necesita volver a creer. Tú y el gigante se quedarán aquí. Te prepararé para que te conviertas en la futura reina como lo que hubiera deseado tu padre. Aquí fue donde tú naciste y de donde nunca debiste haber partido. Mañana te mostraré todo el pueblo.
La niña, agotada por la enfermedad, se quedó dormida. Brigit le besó la frente y luego salió de la habitación.
En su sueño, Ériu se veía paseando por las calles de Éireann tomada de la mano de su tía. De las profundidades surgían las siluetas de los padres que nunca conoció y arriba de todo se levantaba el gigante. La niña miró hacia atrás y vio cómo todos los ejércitos de la tierra invadían Éireann para destruir a Anton. Despertó.
-No podemos quedarnos, tía, lo siento, no queremos provocarles problemas.
La princesa se escabulló entre las sombras y fue al encuentro del gigante. Los guardias se dieron cuenta de su ausencia cuando escucharon el estruendo del coloso dando un salto para alejarse. La reina Brigit acudió a los exteriores de palacio únicamente para ver cómo vislumbrar una montaña que se bamboleaba a contraluz de luna.
-Quiero que manden tras ellos a un grupo de guardias y que traigan de vuelta a la princesa Ériu… Sé que el espíritu de tu padre cuidará tu camino para que regreses con nosotros.

Vencer al ejército de Welyn en el valle de Albión sería la batalla definitiva. Joan, el monarca, anticipándose a los planes de Goliat movilizó toda su potencia bélica por la ruta más insospechada. Cientos de miles de guerreros con espadas largas y jabalinas avanzaron entre las montañas. Otros tantos, domadores de bestias, montaban en lobos rojos, feroces. Así, las tropas invasoras atravesaron los altos y helados picos de la cordillera.
Para el mediodía, separados por el río Alpheus, que había sido recuperado por los arquitectos, ambos bandos formaron filas. De un lado, el temerario conquistador Joan, las montañas, los soldados negros de Welyn, armados hasta los dientes con poderosos metales y sus lobos rojos. Del otro lado, Goliat, los soldados plateados de Albion, su caballería, sus máquinas de guerra y la ciudad de torres amuralladas.
Goliat bajó de su caballo y avanzó hasta la orilla del río. Joan hizo lo propio. Los dos hombres barbados de cabello oscuro se miraron con frialdad.
-Hoy termina tu tiranía.
-¿Y comienza la tuya?
-Este es el mejor momento de nuestra historia.
– No sueñes, perro maldito. Mi destino es dominarlo todo. El último rincón de este mundo un día caerá bajo mi mano. Nunca podrás detenerme. No tienes la fuerza.
-Ya lo veremos. Estás viejo, te falta imaginación para poder vencernos.
-Mi espada cortando tu garganta será lo único que verás… Y bien, la espera terminó: ¡Pueblo de Welyn!, ¡frente a ustedes se encuentra el hombre que ha oprimido a todos los reinos del continente!… ¡Llegó la hora de la retribución!… ¡Muerte o gloria!
Al instante, de todas las torres de la ciudad amurallada surgieron arqueros cuyas flechas de fuego bañaron el valle, pero ni las flechas ni las llamas atravesaron las armaduras negras de los guerreros de Welyn quienes avanzaron blandiendo sus espadas largas para cortar las piernas de los guerreros y los caballos de Albion. Los cuerpos caían inertes y otros muchos eran despedazados por los gigantescos lobos rojos que surgían entre las llamas; incluso el fuego estaba indefenso ante ellos.
Pronto las aguas del río se bañaron de sangre. El fuego lo cubrió todo. Las catapultas y ballestas de Albion dispararon sus cruentas y gigantescas bolas de fuego contra el ejército negro. El asedio de la muralla comenzó pero ésta había sido recubierta por las pócimas de Doirich, nada lograba destruirlas.
El estruendo de la guerra fue opacado por uno aún mayor, la marcha del gigante de roca Dagda. Venía corriendo y saltando una montaña llegó al valle. En el rostro del rey de Albion se dibujó una sonrisa de gozo.
-Esto será lo último que haremos para Goliat; prometió dejarnos tranquilos. Entonces podremos olvidarnos de esto ¡Anton!, adelante.
Bajo los pies del gigante de roca, como hormigas, los soldados de Welyn fueron muertos. Nada podían hacer los lobos contra los puños que en su azote quebraban los huesos. De manera brutal, el monstruo desintegraba a sus enemigos, parecía no tener freno. El terror invadió el valle. Nuevamente, las aves que vivían en el gigante salieron huyendo, tuvieron que despedirse de sus nidos pero esta vez debido al miedo que les provocaba la ira del monstruo. En esta ocasión Ériu no intervino. Solamente miró como el fuego crecía y se extinguía. Escuchó la furia del gigante y sintió como si fuera su propia voz callada durante años de abuso.
Atacaron al coloso pero no le hicieron ningún daño. Cuando los guerreros de Albion contemplaron su poder pleno, retrocedieron. El rey comenzó a dudar, dirigió su mirada hacia la niña, reconoció en la mirada de la pequeña que no se trataba de la misma persona que pasó su infancia en las caballerizas. Ériu estaba cruzada de brazos, había abandonado a todos a su suerte desatando a la bestia de la destrucción. El rey miró la imagen de esta niña cruel que regresaba para vengarse por haber asesinado a su padre. El rey tuvo miedo.
-Manden llamar a Doirich… ¡A todos los hombres bajo mi cargo!… ¡He decidido que el pueblo de Welyn no es más una amenaza!… ¡Nuestro enemigo mutuo es ese monstruo!
El monarca Joan hizo segunda al temible Goliat clamando a sus tropas:
-Ya escucharon a su rey, ¡destruyan al gigante!
Lanzas y llamas impactaron contra la bestia haciéndola trastabillar, para guardar el equilibrio Dagda se sujetó de la muralla de la ciudad, apoyó todo su peso para después incorporarse, y al conseguirlo, una parte de la muralla impenetrable se vino abajo. Éste era un valle de muerte.
La niña, que estaba de pie sobre la cabeza del gigante, se hincó y arañó el piso.
-No te dejes derrotar, Anton.
La furia del gigante se incrementó. El volcán que tenía en la espalda comenzó a escupir magma y humo negro. El agua del manantial de su espalda se tornó turbia y los árboles de su bosque perdieron las hojas en un instante. Sus ojos se incendiaron de furia. La niña arañaba la roca mientras su rencor se agolpaba. Los guerreros de ambos reinos sucumbían ante los golpes, que, como gorila titánico, el monstruo asestaba sobre carne, metal y cenizas.
Entonces apareció Doirich con un séquito de monjes. Todos ellos venían a caballo, cargaban esferas luminosas. Las fueron repartiendo a los caballeros negros y plateados.
-He estado soñando por largo tiempo con la gloria y nada será más glorioso que conseguir la cabeza de Dagda, dios de la destrucción. ¡Con tu muerte, bestia, se termina la era de la oscuridad y las leyendas!
Doirich fue el primero en lanzar una de aquellas esferas contra el gigante y cuando está se quebró desató una pequeña tormenta, una explosión eléctrica de gran poder que fracturó la pierna de roca. Al instante, las esferas luminosas volaron hacia el encuentro con Anton. Tras las explosiones, las rocas que formaban el cuerpo del coloso se desprendieron. Quedó cuarteado, intentó defenderse cubriéndose con un brazo pero éste fue destruido.
El gigante utilizó la mano que le quedaba para tomar a la niña, se inclinó lo más que pudo y la dejó a salvo sobre una montaña. El bombardeo continuó. Las armas de Doirich fueron combinadas con las catapultas, alcanzaron el rostro y la espalda del coloso. Ériu trató de sujetarse pero no lo logró.
-Anton, no me dejes.
Tras un grito de dolor, el cuerpo del gigante se desmoronó sobre la ciudad y los ejércitos. Grandes tolvaneras de ceniza se levantaron. El rey Goliat, aprovechando la confusión de aquel triunfo, atravesó con su espada a Joan, rey de Welyn. El emperador se regocijaba en el lamento de los hombres.
Ériu sabía que no era tiempo de llorar, contuvo las emociones que intentaban desbordarse por sus ojos. Corrió montaña abajo, vio una piedra rodando y la recogió. Siguió corriendo sin curso hasta encontrar una arboleda en la que se ocultó. Desde allí pudo ver cómo los heridos de Welyn eran ejecutados por los batallones de Albión.
La noche se avecinaba cuando un grupo de soldados se aproximaban a caballo, Ériu reconoció el emblema azul de la nación de Éireann, los emisarios de la reina Brigid.
-Ériu Cumhall, princesa de Éireann, la reina Brigid la espera.
Exhausta, subió a uno de los caballos.
-No soy princesa de nada.
-Es verdad, mi señora, nuestro país es poca cosa ahora, pero con su llegada, nuestra nación cambiará.
Cerró los ojos por un instante. Se despidió del valle de Albion.

Bajo el cuidado de Brigid, Ériu conoció la historia de su familia, aprendió poco a poco cómo guiar a su pueblo; nunca imaginó tener una familia tan grande. También conoció las ruinas de la antigua ciudad de Éireann, saqueada por Goliat tras la muerte del rey Cormac. Constantemente se le veía asomarse por las caballerías y acariciar a los animales quizá intentando borrar sus malos recuerdos o intentando entender cómo habían iniciado las cosas. Se enamoró de las praderas y las colinas que rodeaban el pueblo, miraba los ocasos sentada sobre la yerba.
Tardó mucho tiempo en acostumbrarse a usar zapatos, a que la gente la reconociera y hablara con ella, a tantas cosas que nunca había tenido. Siempre le hizo falta mirar la luna de cerca y acariciar las nubes. Recordaba su bosque, su manantial, su volcán, sus pájaros, su gigante.
Pasaron los años y aquella niña se convirtió en mujer. Fue coronada reina en el templo de las cuatro cascadas durante la llegada de la primavera. Se le entregó la espada del reino. La ceremonia fue oficiada por las sacerdotisas Ásynjur quienes realizaron el gran ritual de la sangre sobre la tierra y la colina verde.
Ériu, acompañada por su pueblo, caminó durante la noche cargando una vela encendida en la oscuridad, convocando los días futuros para que siempre tuvieran luz. El reino fue prosperando, recuperó su lugar en los mapas. Así fue como Éireann se convirtió en el único reino que no había sucumbido al poder militar de Goliat. La fama del pueblo llegó hasta oídos del emperador quien, nuevamente, puso su ejército en marcha.
Brigid, ahora consejera real, tuvo noticia de la avanzada del emperador, debido a que los puestos de defensa habían sido devastados. La ciudad de roca entró en alerta. La joven reina pasó varios días en el templo de las cuatro cascadas, meditando.
Las personas del pueblo recibieron instrucciones claras de su reina: “Confíen”. Y aquel pueblo que tenía la fuerza de voluntad de la tierra, no escapó, ni fue invadido por la locura.
El ejército de Albion extendió su sombra hacia la ciudad. Bridgid junto a unos cuantos cientos de soldados que se identificaban por sus banderillas azules hicieron una barrera frente a la entrada principal. Esos soldados debían mantener a raya a los miles de soldados del emperador. Esos no eran guerreros sino enjambres.
Goliat se presentó ante Brigid.
-Ríndanse ahora y les perdonaré la vida. Juren lealtad y sométanse a mi voluntad.
-Gran Tirano, no tengo la autoridad para tomar esa decisión.
-Yo soy la única autoridad que importa en esta tierra. No te preocupes, te autorizo rendirte; también morir.
-Mataste a mi hermano.
-Hace mucho tiempo también maté a mi propio hermano, he vengado tu pérdida.
-¿Qué es lo que en verdad deseas, cuándo vas a detenerte?
-Mientras exista en la tierra un corazón atemorizado, no me detendré.
-Un corazón atemorizado…
-Siempre existen nuevas tierras qué dominar.
-El único temor que no puedes soportar, emperador: El tuyo.
-Basta, permitirles tomar una decisión era mera cortesía, soy yo quien decide y siempre elijo lo mismo: ¡Quemen a esos puercos! ¡Destruyan este chiquero!
-A ver si logras atravesar el umbral de esa puerta, mi señor.
Brigid se colocó nuevamente frente a sus hombres. El ejército de Albion avanzó. Los abanderados azules ni se inmutaron. Era como si esperaran su muerte. El sonido de las armaduras marchando habría sido suficiente para intimidar a un relámpago.
En ese momento, desde la colina verde, apareció la joven reina, quien, levantando una mano alineada con el sol, llamó la atención de ambos bandos. El viento soplaba insistente.
-Yo, Ériu Cumhall, defenderé siempre el pacto de sangre que me une con esta tierra.
Mirando con mayor atención se podía distinguir que en una de sus manos tenía una roca. Desenfundó la espada del reino, la clavó en la tierra, se hincó y uso el filo de la espada para abrirse una herida en la mano, con la sangre bañó la tierra y la roca.
-Clamo el despertar de la roca, el viento y la luz.
De pronto, un terremoto hizo tambalearse todo el reino y los ejércitos. Poco a poco la colina comenzó a levantarse, a ponerse en pie, como si despertara de un largo sueño. El gigante estaba cubierto de yerbas y enredaderas. Tenía sus brazos y piernas tan largos como los más altos árboles. Sus ojos eran profundos y en su boca tenía dientes de estalactita.
La joven reina dominaba al gigante desde su verde e inmensa espalda. Desprendiendo rocas directamente de la geografía fundamental, el protector las arrojó hacia los invasores.
-¡Lárguense!
El monstruo gruñó y avanzó poco a poco, orillando a las fuerzas de Goliat a retroceder. El gruñido se transformó en un canto que dominó el clima; una espesa niebla cubrió la pradera. Los guerreros estaban a ciegas; dispararon flechas al aire.
De las manos del gigante surgieron interminables raíces con las que fue amarrando a los guerreros. Eran tantas las raíces que pronto la mitad de aquel ejército había quedado vencido.
Goliat hizo llamar a Doirich y su séquito: El hechicero avanzó con un carromato cargado de explosivos. Cerró sus ojos para poder percibir por intuición la presencia del gigante.
-Este triunfo consolidará mi nombre.
Arrojó uno de sus explosivos. Le sorprendió que no hubiera ningún estruendo. Abrió los ojos, miró a sus alrededores y nada. Hasta que, de pronto, pudo ver como la esfera brillante que había arrojado regresaba hacia él. El estruendo destructor activó el resto de los explosivos y cuando la luz se extinguió una gran fracción del ejército había sido destruida.
El gigante hizo desaparecer la niebla cuando la batalla había terminado. Brigid, la guardia y todo el reino de Éireann quedaron asombrados ante el poder del gigante. La guardia capturó al emperador Goliat.
El gigante se hincó, la reina bajó. Una vez que ella estuvo en el piso pareció que el monstruo había echado a dormir. Mientras Ériu se acercaba al tirano desenfundó nuevamente la espada del reino. Al notar su cercanía Goliat cayó al suelo, suplicante.
-Rey de Albion, emperador del mundo. Hace mucho tiempo mi vida te pertenecía. Como puedes ver ya no soy esa miserable; pero tú sigues siendo un monstruo, el más grande que ha conocido Éireann. La reina de la ciudad de roca no puede perdonarte la vida pero la niña que fui te perdona. Como recordatorio de tus acciones no irás libre por el mundo.
Con la espada, Ériu cortó los tendones de las manos de Goliat para que no pudiera volver a sostener una espada, luego, le hizo una herida en el pecho que le recordaría, con el ardor de cada respiración, el inmenso daño que había hecho, y, finalmente, le marcó el rostro.
-Esta es la marca del enemigo; con ella serás repudiado en cualquier parte. Te perseguirán e intentarán matarte porque nadie confiará en ti. No tendrás hogar ni paz más allá de la soledad. Ahora márchate, emperador, ten una vida larga y próspera en el exilio.
El monarca fue despojado de sus pertenencias por los guardias, Ériu, conservó el caballo negro. Aquel hombre, cubriéndose la cara ensangrentada se alejó despavorido. El ejército fue tomado preso y liberado tras ayudar a reconstruir lo que había sido la antigua ciudad de Éireann.
Cuando la ayuda del gigante ya no fue necesaria, la reina se dirigió hacia él tocándolo cariñosamente.
-Gracias por tu ayuda. Puedes volver a descansar.
En el acto, éste se convirtió en yerba y tierra, formó una nueva colina. La pradera de Éireann fue nuevamente una extensión verde e interminable que temblaba con el soplo ancestral del viento.

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 -Javier Trejo

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ANGELO’S UNIVERSE UN ESPACIO PARA LA LECTURA

Hoy comparto con ustedes un espacio muy interesante en el mundo virtual, Angelo’s Universe, un espacio en el que la palabra y la literatura aparecen ante nosotros de modo fresco, novedoso y entretenido. Y ustedes saben que si se trata de literatura a mí me gusta compartir.

La página es dirigida por el escritor Daniel Centeno quien va ganando seguidores gracias al internet en este mundo de la literatura. El espacio cuenta con varios premios de bloggers que avalan la calidad de dicho espacio.

Los invito a conocer este proyecto. Para visitarlo sólo hay que dar click en la fotografía de abajo. Hasta la próxima.

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Sin título

NARRACIONES PLÁSTICAS – CAPÍTULO 4 – UMBERTO ECO

La Dirección General de Secundarias Técnias TV y la Fundación Liderazgo Hoy presentan “Narraciones Plásticas”. En este capítulo hablamos de Umberto Eco. Y en nuestra sección de archivos del crimen hablamos de Ted Bundy. Contamos con la presencia de la gran pintora Norma Ascencio y del talentoso artista visual Rigoberto Cuevas. Conduce Javier Trejo.

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SEPARADOR NUEVO – ENERO11 SUPERA LAS 38.000 VISITAS – GRACIAS

Treinta y ocho mil gracias, queridos lectores de enero11, quienres hacen posible, con su apoyo, la existencia de este espacio. Este es el separador número 11 y por eso lo hice con el puro nombre del blog.

Por otro lado quería comentarles que la entrada más vista del año fue el relato publicado el 11 de enero, el relato de fantasía titulado “Bajo los pies del gigante”, el cuál pienso republicar en el blog para que su difusión aumente.

Agradezco profundamente los reblogueos, los me gusta, los compartidos y los seguidores en facebook, twitter, linked in y google más. Recuerden seguirnos en facebook dónde se comparten contenidos de amigos y proyectos culturales diariamente. Abrazo fuerte.

Acá les dejo el separador.

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SEPARADOR 11 -ENERO11

LOS JUGUETES DE CAÍN – CUENTO CORTO

Hay familias que discuten mucho; también las hay que discuten poco. Hay familias donde los hijos son perezosos o las hay donde los padres los son. Se aprende a partir de errores, pero no quiero escribir sobre errores sino de aciertos. Caín era el hermano mayor de Abel. Siempre fueron muy unidos, salían juntos a jugar todos los días.

Caín tenía que cuidar a su hermano, quien era todavía muy pequeño, no era capaz de escalar una montaña o correr cuesta abajo, podría lastimarse. Un día, sus padres labraron a manera de obsequio dos juguetes de madera: Un ave y un ciervo. Aquella noche, al terminar de jugar, los dos niños resguardaron sus juguetes en una repisa. La noche transcurrió y Caín se despertó al escuchar unos sollozos. Se talló los ojos y se incorporó. Preocupado, volteó a mirar a Abel, quien se encontraba llorando.

La cama estaba cubierta por trozos de madera. Abel había intentado alcanzar su juguete provocando que el ciervo cayera al piso y terminara hecho pedazos, intentó repararlo usando clavos y martillo pero no funcionó. Caín tomó el ave de madera que le pertenecía y se lo entregó a su hermano. Abel atesoró aquel juguete siempre. Aquella noche durmieron tranquilamente. Más adelante, el destino les jugaría una broma, mientras tanto podían seguir siendo familia.

-Javier Trejo

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