VERÓNICA-RELATO NUEVO

 

La princesa está triste…
¿Qué tendrá la princesa?
Rubén Darío

La playa estaba cubierta de niebla, una delgada cortina de agua, como lluvia blanca. No había huellas de pasos en la arena, ni cantos de aves. Un aura melancólica envolvía los hoteles. Las olas del mar eran tranquilas y claras. Y la playa era una blanca línea difuminada por las olas. Pedro y Mario cuidaban el cachito de playa que les tocaba, por si algún despistado pasaba por ahí. Fue entonces cuando encontraron a una niña caminando entre la niebla.
-¿Qué haces aquí sola?
-Estoy buscando a mi papá.
-Este no es lugar para chamacas, ¿verdad, Pedro? Ándele para su casa.
-No me voy. Mi papá tiene que estar aquí.
-Nada más te trajo para perderte.
-Él no me trajo. Viaja mucho, nunca lo veo. Es que no ha llegado a la casa en muchos días y lo tuve que venir a buscar.
-¿Y cómo sabes que lo vas a encontrar aquí?
-Pues obvio, señor, porque aquí todavía no lo busco. Todo indica que con algo de suerte, puede que lo encuentre en este lugar.
Rendidos ante la lógica de la niña, los dos intentaron ayudarla. La acompañaron por la playa hasta el puerto.
-¿Cómo te llamas, hermanita?
-Verónica.
-Vero, vamos por allá.
Pedro señaló un arrecife.
-¡Papá!
Se escuchó gritar cada vez más lejos, y más y más lejos, los dos hombres perdieron a la niña entre la niebla.
Ellos siguieron penetrando en la nube blanca.
-¡Vete…! Te dije que te fueras no que vinieras. ¡Hazte para allá! ¡Ya me mojaste toda! Oh, pero no te vayas tan lejos… ¿Por qué no me haces caso?
-Hasta que te encontramos, hermanita. ¿Qué andas haciendo?
-Estoy aquí con el mar. ¡Quédate quieto!
Le gritaba al agua.
-¿Ya lo encontraste… a tu papá?
-No.
Agachó la cabeza.
-Es un mal día para venir al puerto, con la niebla no hay quien llegue ni quien se vaya.
-No llores.
Mario le dio palmadas a la niña.
-Extraño mucho a mi papá.
-Lo vas a encontrar.
El mar rugía. El tiempo se escurría.
La niña se secó las lágrimas.
-Ya me tengo que ir, para que mi mamá no me regañe por haberme ido.
-Es peligroso que te vayas sola. Déjanos ir contigo.
-A donde yo voy no pueden venir.
Les dio un beso a ambos. Luego, echó a correr hacia el mar y se internó en él hasta que el agua cubrió su cabeza. Los dos hombres entraron al agua siguiendo a la pequeña pero no la encontraron.
Cuando salieron del agua la niebla se había ido; en su lugar había un cielo claro.
-¿Habrá sido un sueño?
-No, no puede ser.
El sol pintaba el mar de dorado.
Una extraña confusión los hizo reír nerviosamente.
Para Verónica ir a la escuela no era nada agradable porque no había día en el que no la castigaran los maestros, o sus compañeros no se mofaran de ella. Entendía la propensión de la niña a contar historias, a no hacer tareas, dibujar escaleras en sus cuadernos, o a fallar en los exámenes.
-¡No tienes papá!
Le repetían.
Ella se vengaba en silencio.
Cuando los demás niños se descuidaban Verónica les lanzaba globos de agua y se escondía para no ser capturada.
Los niños sentían el golpe frío que les traspasaba la camisa, se asustaban y muchas veces soltaban el llanto. ¡Para que aprendan!
La acusaron con la maestra.
A la maestra no le faltaban ganas de castigar a Verónica. Le gritó y le jaló las orejas.
Llevó a la niña al centro del patio en mitad de la ceremonia cívica y la castigó exhibiéndola frente a toda la escuela. Se quedó bajo el sol, en penitencia.
Cansada de llorar, Verónica comenzó a llover. ¡Para que aprendan!
El cielo se nubló. Las gotas se precipitaron poco a poco. Llovió más fuerte y las gotas fueron gruesas, cayeron castigando a maestros y estudiantes. Al principio intentaron mantener las filas, pero la lluvia comenzó a arreciar.
Los niños intentaban protegerse con las manos. Los maestros regresaron sus grupos a los salones para protegerse de la lluvia. Verónica se quedó sola y la lluvia cesó.
La maestra estaba cansada de la magia de la niña. Por más que la castigaba nunca lograba doblegar su espíritu. La maestra hizo llamar a la madre de Verónica.
Cuando Laura aparecía defendía a su hija. La cargaba en brazos y le recordaba al oído lo mucho que la amaba. Laura hablaba con el director y la maestra cedía. Al final, conversaba con Verónica.
-Dicen que pasas todo el recreo mirando por un agujero en la pared.
-Eso no es verdad, es sólo un ratito. Es que Juan ya va en la secundaria que queda detrás de nuestra escuela.
-Corazón, ¿por qué no podemos pasar un día tranquilas?
-Mamá, ¿cómo vamos a hacer eso? La gente triste como mi maestra se empeña en hacer tristes a los demás.
El número 17 de la calle Puerto Zihuatanejo, zumbaba. Verónica estaba sentada en el sillón de la sala con un puchero de reclamo en el rostro. Camino a la habitación, Laura pasó frente a ella.
-¿Qué haces, corazón? ¿Por qué no estás jugando afuera?
-No quiero jugar. Esos señores están haciendo mucho ruido.
-Pero si no te van a hacer nada, sólo vienen a trabajar.
El zumbido se volvía más intenso.
-No quiero.
La niña se cruzó de brazos y apretó los labios. Se rehusó a mirar a su madre a los ojos. Laura se sentó junto a ella en el sillón.
-A ver, Vero. ¿Qué pasa?
-No es justo, mamá, ¿por qué tienen qué cortar el árbol? Yo no quiero.
-Hija, se nos están metiendo las ramas por las ventanas.
-Pero, mamá, los árboles son buenos, lo dice el libro de ciencias naturales…
Intentó levantarse, su madre la detuvo.
-Todo tiene su tiempo. Ese árbol no nos sirve. Vamos a poner una puerta y si no lo tiramos nos va a estorbar. Yo ya lo había hablado con tu papá…
-Pero…
-Cuando crezcas entenderás.
Laura posó su mano sobre la cabeza de su hija.
-¡Y yo para qué quiero crecer! ¿Para que también me corten?
Verónica subió las escaleras.
-Espera.
Se encerró en el cuarto de su madre y acuartelada continuó sus reclamos.
-¡Esta ropa está vieja, hay que tirarla! ¡Estos zapatos son demasiado grandes hay que regalarlos! ¡Esta casa es muy antigua, hay que mudarnos! ¡Ese perro no deja de ladrar, hay que matarlo!…
Aumentó el volumen de los zumbidos, el árbol soltó su último aliento y golpeó contra la banqueta. Los trabajadores apilaron los restos. Verónica miró el azul del cielo a través de la ventana del cuarto de su madre.
Laura golpeaba a la puerta. La puerta se abrió dejando salir a una niña cabizbaja que se abalanzó sollozando sobre su madre.
Las semanas siguientes derrumbaron el primer piso para remodelar y ampliar los cuartos. Y el llanto de Verónica fue acallado por la maquinaria pesada.
La niebla invadió los días y el tiempo pasó, extraviado entre las partículas de humedad y el color blanco, casi sólido, de una página frente a la nariz.
Una mañana Roberto caminaba por la calle Puerto Zihuatanejo, rumbo a la agencia. Justo pasó frente a la casa gris. Lentamente un barco de papel cayó a sus pies. Roberto se acuclilló, tomó el barco y miró hacia arriba.
-Es mío, señor.
Dijo Verónica asomándose desde su ventana.
-¿No crees que debería ser un avión para poder volar?
-No quiero que vuele, quiero que navegue, por eso es un barco.
Roberto la miró y tuvo una sensación vertiginosa.
-¿Que navegue?
-Sí, sobre el viento. Hace mucha corriente, tanta, que se hundió, pero, no siempre hará tan mal viento.
-No siempre…
Balbuceó Roberto.
El silencio de hojas envolvía la mañana.
-¿Me lo devuelve?
-…
Él se había perdido en los ojos de la niña. Le parecía conocida.
-Mi barco.
-Ah, sí, toma.
Lanzó el barco. La niña tuvo que hacer malabares para atraparlo.
-¿Ya se va, señor?
-…
Casi había olvidado que debía ir a trabajar.
-Ojalá un día pueda venir a jugar. Usted me parece divertido, me cayó bien.
-…
Él permaneció en silencio, sacudió la cabeza como acostumbraba hacer cuando intentaba leer entre las líneas de su memoria.
-Yo le puedo pedir permiso a su mamá de usted, si quiere. La mía dice que no hable con extraños. ¿Usted es extraño? Yo lo veo normal. ¿Vive por aquí?
-Vivo aquí desde hace años.
-¿Hace cuánto?
-Desde antes de que tú nacieras.
El rostro de la niña se ensombreció.
-Ay, no me diga eso, señor. No me diga eso.
Verónica se desvaneció. Quedó el barco posado sobre el marco de la ventana. Roberto miró la ventana varias veces pero la niña no estaba. Junto a ella había desaparecido un cierto sentimiento de alegría.
La brisa movió las hojas de los árboles. El barco de papel agarró buena corriente y se fue navegando sobre el viento.
Roberto, absurdamente confundido, siguió caminando.
Las reglas del tiempo y el espacio fueron franqueadas, y un nuevo y distante paisaje se dibujó. El dibujo fue acompañado de luz y aire fresco.
En la casa de Cuernavaca, doña Esperanza paseaba sobre el piso de piedra. Iba regando las flores, deteniéndose en cada una de ellas como haría un antiguo colibrí. Cuando llegó al patio vio a una niña que, brincando sobre el pasto, intentaba atrapar un pájaro. Al dar un salto hacia el ave, ésta escapó volando.
La pequeña vestía su ropa de primaria, tenía la falda sucia y las rodillas raspadas de tanto jugar entre la tierra.
-¿Qué haces en mi patio?
-Perdóname, bisabuela, vine a buscar a mi papá, es que no ha llegado a casa y no sé dónde está.
Doña Esperanza no entendió nada.
-Yo vivo aquí sola, ¡vete!, y la próxima vez recuerda echar un grito antes de entrar, qué tal si me matas de un susto.
Continuó regando y la niña no se había ido.
Verónica estaba desilusionada, demasiado cansada para emprender el camino de regreso. Se había quedado quieta sobre el césped, cabizbaja.
Doña Esperanza reconoció algo en su mirada, algo que le causó ternura y le resultó familiar. Se le figuró a un cachorrito abandonado.
-Hija, ¿ya comiste algo?
-No, nada. Pero no importa, bisa, sólo quiero ver a mi papá.
Empezó a llorar.
La anciana dejó la regadera en el pasto, se acercó a la niña y la abrazó.
-Claro que importa, ven a que desayunes, ¿quieres un licuado de plátano con canela? No llores, bonita. Vas a ver cómo tu padre aparece.
Caminaron por el pasillo rumbo a la cocina.
-¿Crees que vuelva?
-Por supuesto que sí, ya verás cómo regresa por ti, los hijos son lo más importante.
La niña debía aferrarse a esas palabras para continuar esperando.
De regreso a casa, las cosas no resultaron como a Verónica le hubiera gustado. La abuela Diana, la madre de Laura, llegó de visita, pero esto tan frecuente no debía ser motivo para la inquietud de la niña.
-Te traje unos vestidos, Vero.
-¡Qué bonitos son!
-Te escogí uno azul, uno verde, uno amarillo y uno rojo.
-Sí, abuela, gracias.
La niña extravió su mirada sobre los vestidos que yacían en su regazo y sus labios se tornaron silenciosos. Y fue el silencio de sus labios el que llamó la atención de la anciana.
-¿Qué te pasa?
La pequeña suspiró como hacemos cuando se ha estropeado algo y pensamos en cómo remediarlo.
-Abuela, te cambio mi pirámide por una falda para la escuela.
Verónica sacó un cuaderno de entre los cojines del sillón y lo abrió dejando caer en las manos de la abuela el recorte de una fotografía majestuosa de las pirámides de Egipto.
-¡Qué bonita foto!
-Es uno de mis tesoros, pero te lo regalo, es que me hace falta la falda. Puedes quedarte con la pirámide, nada más no le cuentes a mamá que te di nada, no quiero que sepa.
-¿Por qué?
En ese momento irrumpió en el lugar la furiosa voz de Laura.
-¡Verónica Peña! ¡Recortaste mi libro de turismo!
La abuela escondió el recorte. Terminó arrugado entre las almohadas.
Laura seguía gritando.
-¿Por qué eres tan desconsiderada? Trabajo todo el día. Cuando yo era niña…
-Cuando tu mamá era niña era mucho más latosa y llorona que tú. Siempre andaba del tingo al tango con que se le hacía tarde para esto y para lo otro, de todo repelaba, por todo se enojaba y gritaba… justo como lo hace ahora.
Laura se calmó. Verónica se acercó a su regazo y le dijo:
-Perdóname, mamá, como dicen en la iglesia: es que no sé lo que hago.
Laura tocó el rostro de su hija como si intentara reconocer sus propias facciones.
-Perdóname, corazón. No he dormido bien.
La madre de Verónica salió de la habitación. La abuela miró a su nieta de reojo mientras Laura se iba.
-Yo te consigo la falda -susurró.
-Gracias, abuelita -contestó la niña en voz muy baja.
Antes de que pudiera recibir la ayuda de su abuela, Verónica se vio obligada a reutilizar la vieja falda de la escuela. El día en la primaria, gracias a la crueldad de curiosos y enemigos, no fue menos terrible que el regreso a casa.
-¡Mira, pero si estás hecha una piltrafa! Deja que venga tu padre y ya verás.
-Pero, mamá, ¿cómo te explico? No fue mi culpa, fui a…
-Sabes muy bien que tienes que cambiarte el uniforme al salir de la escuela, mira cómo lo dejaste.
-Pero, mamá…
-¡Pero nada!
Laura miró fijamente la puerta.
Tras un incómodo silencio la niña dijo:
-Papá no va a llegar.
-¿Qué dijiste?
-Que no va a llegar. ¡No va a llegar! ¡No va a llegar! Ya lo busqué en la calle, ya lo busqué en la casa de Cuernavaca. Ya lo busqué en el cuarto, duermo escondida dentro del ropero para atraparlo por sorpresa si llega a venir para contarme un cuento. No va a volver… creo que ya se olvidó de nosotras.
Laura le dio la espalda a su hija y siguió mirando hacia la puerta.
-Él nunca se olvidaría de nosotras.
Quietas, congeladas, a sus espaldas la casa era una sombra gris y vacía, una mancha que desaparecía poco a poco, como una nube de polvo disuelta en el cause del agua. Ya no había mesa o escalera, cocina o patio, solamente un pedazo de piso, una puerta cerrada, fincada frente a una mujer y una niña que esperaban, envueltas en esa sombra de agua turbia, esperaban que alguien viniera a salvarlas; hasta que la oscuridad las engulló y borró del todo.
Tiempo más tarde, Roberto llegó por fin a casa. En el instante que abrió la puerta su mujer se le colgó al cuello.
-Amor, no encuentro a la niña, se escapó de la casa.
Roberto hizo sentar a Laura para que se tranquilizara. Subió corriendo las escaleras y voceó la palabra ¡princesa! en cada rincón.
Pero Verónica no aparecía.
Se sentó junto a su mujer y le conminó unas palabras, quizá intentando calmarse él mismo.
-La encontraré. Lo prometo.
De golpe la oscuridad lo abrazó todo. Asomaron por las ventanas, la noche estaba próxima y la luz se había cortado en toda la colonia.
Se escuchaban los claxon de los autos. En cuestión de instantes, el manto de la noche fue ganando terreno en cada calle. Un viento climatológico rugió y una delgada bruma extendía su mano en el ambiente. Roberto y Laura fueron atando cabos, el tiempo apremiaba.
-Ya la buscamos en la casa, preguntamos a los vecinos si la han visto, telefoneamos a su abuela y nada, no está. Roberto, ¿qué vamos a hacer?
A la luz de una vela, Roberto leyó la nota que Verónica había dejado y no pudo evitar sentirse culpable: Mamá, no llores, tienes que aferrarte como la raíz de un árbol, eso es la esperanza. Voy a buscar a mi papá…
Roberto puso la mano en la perilla de la puerta.
-Quédate aquí, por si regresa. Volveré pronto.
Cuando puso un pie fuera de casa Laura sintió que su mundo se derrumbaba.
Roberto luchó contra el viento, echó a correr, siguió corriendo entre la niebla. Una delgada capa de lluvia calló sobre él, por un instante todo parecía tranquilo, pero después, el viento volvió con mayor potencia, arrancando de raíz los árboles que encontraba a su paso. Parecía que las casas habían sido construidas sobre una nube.
Nada detuvo a Roberto. Siguió andando a pesar de que la corriente intentaba por levantarlo del piso. Tuvo esperanzas de encontrar a su hija en aquel lugar que casi había olvidado. Al caminar contra la corriente, el frío y el viento lo alfiletearon.
Levantó la mirada y dos enormes árboles se mecían por la tempestad, dibujaban un arco inmenso al final de la calle Puerto Tampico. Siguió adelante, por fin estaba frente al parque.
Subió las escaleras, atravesó el portal de rejas amarillas y corrió por la explanada de adoquín rosa, allí, recostada en una banca verde, estaba Verónica, temblando de frío. Roberto la cargó en brazos.
-Princesa… ya estoy aquí, ya estoy aquí.
La niña dejó de llorar.
Echaron a andar y junto a ellos pareció volver a andar el tiempo. La tormenta se detuvo. La electricidad regresó.
En la televisión los noticieros reportaron los acontecimientos de la noche. Una corriente de viento que superaba los ochenta kilómetros por hora había derrumbado un anuncio espectacular en Periférico, ningún herido. En la vialidad Plutarco Elías Calles un automovilista murió cuando su auto fue aplastado por un árbol.
Y fue justo el noticiero lo que despertó a Laura. Se había quedado dormida otra vez sobre el escritorio, encima de sus apuntes y libros de turismo. La ventana estaba abierta.
No te he podido olvidar porque eso sería aceptar que ya no te tengo.
El teléfono sonó.
-Laura, hija, ¿estás bien?
-Sí, mamá, muy bien.
-Acabo de ver las noticias y me preocupé, como vivo acá en Veracruz y tú jamás me llamas…
-Discúlpame, mamá. He tenido mucho trabajo. Estoy bien, sí, hubo una tormenta, pero solamente se fue la electricidad.
-Es que no me gusta que vivas sola.
Sigo soñando contigo, cuando duermo no estoy tranquila, no dejas de aparecerte en mis sueños; y durante el verano estás en el agua de lluvia.
-No te preocupes, mamá, me va tranquilo.
-Pero, Laura, ¿cómo no me voy a preocupar?
-Ya te lo dije…
No te quiero olvidar, no puedo, aunque te mire rehacer tu vida y pase y pase el tiempo, sigo esperándote.
Laura se puso sus lentes, y sin notarlo, se quedó mirando hacia el vacío.
-¿Sigues ahí?
-Sí, disculpa, estaba pensando.
-¿En qué?
-A veces tengo unos sueños muy extraños.
-Cuéntame.
-Sueño con una niña.
-Ay, hija, prométeme que vas a venir a visitarme.
-No sé si pueda.
-Prométeme que vas a venir.
-Está bien, está bien, lo prometo.
No sé por qué te sigo esperando.
Al terminar la llamada, Laura se levanta. Cierra la ventana. Se acomoda de nuevo las gafas y se prepara para seguir trabajando. Se detiene junto al librero, lo recorre con la mirada. Pasa el dedo índice sobre los lomos de los libros hasta encontrar un sobre, que asoma entre los volúmenes. El nombre del remitente le recuerda a Laura un error que regresa y la perturba, un error, que habita en el tictac del reloj de pared. La mano se desliza haciendo surgir la carta.

Yo quería mirarte para siempre
y quise tontamente amarte para siempre
y besarte para siempre y abrazarte para siempre
quería que la luna alumbrara tu rostro
para siempre hermoso para siempre mío
y en sueños mis manos torpemente sujetaron tu cintura
tan lejana como siempre
y los años pasaron sobre mis manos
y pasaron sobre ti
y destruyeron la casa y derribaron el árbol
y derramaron la vida y corrió para siempre
y nos baña para siempre la desgracia
y te amo para siempre en la miseria
y te odio para siempre en la distancia
en la distancia que separa nuestros labios
quise cruzar la calle y me detuve
para siempre me detuve
para siempre en tu mirada
y repito tu nombre mientras duermes
en mi sueño siempre tuyo tuyo siempre.

Laura fracasa en viajar en el tiempo. Ata un nudo en su garganta y las manos tiemblan mientras pliega aquella carta y regresa el sobre a su sitio. La sombra de la manecilla sobre la cara del reloj de pared avanza. Ella no le presta atención. Con los brazos extendidos sobre el escritorio, tras colocar un trazo en la página de su cuaderno, cae rendida nuevamente.
El reloj se vuelve loco. Las manecillas echaban carrera con ritmo extraño. Cada manecilla corre a su propio ritmo y en retroceso, el minutero se mueve con mayor dificultad pero el segundero está frenético. El sonido del reloj es abrumador pero Laura no logra despertar ni sacudirse, ni si quiera un poco.
Hay una niña en la puerta. Quieta, la mira dormir. Su boca parece una medialuna y sus ojos farolas. El corazón de Laura da un vuelco. El nudo en su garganta vuelve, y lágrimas del inconsciente brotan. La niña da un paso y luego otro. Laura intenta levantarse pero no lo consigue. Gracias al esfuerzo logra enfocar los zapatos y las rodillas de la pequeña.
La niña toma la mano de Laura. La imagen de la niña se vuelve borrosa. Y la penumbra de la noche comienza.
En su sueño es de mañana, Roberto y ella se encuentran frente a la escuela primaria. Pero esto es imposible, irreal, porque para encontrarse debían recorrer cientos de pasos que dividen sus hogares, los pasos que nunca remontaron por haberse empecinado en el rechazo.
Los dos caminan como movidos por el sueño. Todo comienza y termina en sus pisadas. La frescura de la mañana lava sus rostros adormilados. El mundo a su alrededor está pintado de gris, el gris del horizonte y el amarillo del sol que conforman la escena.
-Hola.
Laura juega nerviosamente con sus manos.
Roberto suspira.
-Te cortaste el pelo.
-¿Te gusta? Era demasiado largo.
-Y las gafas son nuevas.
-…
Los silencios omiten rubores.
Ya no me importan todas tus tonterías, piensa Laura.
-Quería preguntarte algo… -Roberto, impertinente como siempre.
Laura se pone nerviosa. Se cruza de brazos, su respiración se entrecorta. Baja la mirada. Luego dice en tono de molestia:
-¿Ah, sí?
Él nota los cambios en la actitud y por poco deja las cosas como estaban pero su curiosidad puede más que su orgullo.
-Es una duda que tengo. Tú…
-Yo…
Nuevamente el nudo en la garganta.
Y la tierra y el agua se vierten, arremolinándose. Sé que no puedes volver de donde te fuiste pero también sé que yo no quiero salir de esta absurda estupidez aunque no vuelva a abrir nunca los ojos. Laura ignora el paradero de su razón. Desde entonces comenzaron los sueños, cada vez más hipnóticos y profundos.

-Javier Trejo

 

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Imagen: Taller Zarkley.

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INVITACIÓN AL CINE

Estoy muy alegre. Pude formar parte del equipo de Súbele al magenta, como guionista, para el Rally 48hfp. El género aaignado para nuestro cortometraje fue artes marciales. El director, Guillermo Carrillo, tiene muchísimo talento, un ojo muy particular para mirar la escena y le agradezco por haberme invitado y por creer en mi trabajo. La productora, Verónica Ruiz, gran amiga y ser humano, tuvo una labor indispensable durante la filmación. El nombre del corto es “Libre” y trata de una joven guerrera que protege un tesoro heredado por su maestro y es perseguida por una secta de enmascarados; tras la muerte de su maestro ella deberá convertirse en maestra y enfrentar a sus perseguidores. Talia Yael, actriz y dramaturga joven estuvo en el rol protagónico. El antagonista fue Oscar Long Xi, un gran artista marcial, quien tambien fue responzable de las coreografías y coordinó los stuns. En el reparto tuvimos actores jóvenes de primera línea. Víctor Hérnandez como el maestro, que estuvo increíble. Emma Vieyra, quien tuvo dos roles, como enmascarado y otra aparición especial en las escenas de apertura y cierre. Una actriz súper comprometida y enfocada en su trabajo. Dalia Muñoz quinto, también en el rol de inicio y como enmascarada, muy buena actriz. Alexander Dulzat, como antagonista en una de las escenas de acción, muy bien también. También se incorporó Angel Arenas supervisando los materiales de combate, como stun y enmascarado. Estéfania T. Minoir, también como enmascarada. En el equipo hubieron más colegas, también muy geniales, como Juanda apoyando al director, Alex en audio, Arzeneth en asistencia. En la edición sonora, el equipo de Red Sparrow Prod, Luis Picart y su equipo, muy geniales. Y también trabajando con ellos la talentosa Lorena Ruiz, en música original y folis. No queda más que invitar a quienes reciden en ciudad de México a las funciones. Aquí abajo les dejo la publicidad con los cines y horarios. Ojalá puedan apoyar nuestro corto. Abrazo fuerte a todos los involucrados y a los amigos lectores.

ENERO11 ALCANZA LOS 5000 SUSCRIPTORES

Hola, queridos onces de enero11, hoy estaba revisando los números del blog. Sumando los suscriptores de wordpres más los suscriptores del mail, ya alcanzamos los 5000 suscriptores. Quiero expresarles lo agradecido que estoy con ustedes. Los lectores de enero11 han sido un gran apoyo desde el inicio de esta aventura de escribir. En las buenas y en las malas. Antes de que llegara a publicar narrativa, en momentos realmente difíciles, sus comentarios, su presencia, siempre me ha dado mucho ánimo. Para recordar el inicio de enero11 les comparto una postal que hice con las imágenes y un pasaje de los primeros relatos que publiqué aquí. En aquel entonces celebraba las primeras 4,000 visitas. Hoy contamos con 65,500 y contando. Espero pronto poder hacer para ustedes un nuevo separador de libros, de regalo, como en los viejos tiempos, para que en cualquier lugar del mundo donde ustedes se encuentren puedan llevar un recuerdo de este espacio que es también suyo. A los lectores de Ciudad de México, les recuerdo que hay dos de mis libros en la Feria del Libro del Zócalo, con Ediciones Romel, Stand 215, Librerías Trilce. Ahí pueden encontrar, entre varios títulos geniales, la segunda edición del libro de relatos En la luz de sus ojos y Un tiro desorientado, un relato policiaco largo. Sin más, me despido por ahora, espero pronto tener listo el regalo del que les comenté. No sé qué más decir. Gracias.

–Javier Trejo

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AQUÍ ESTÁ TU CALAVERA, CATRINA – CALAVERITA LITERARIA

En esta calmada noche

que canta así su reproche

viene pa’cá la catrina

con un muy sabroso pan.

Y con tanto pan de muerto

ella anuncia su contento

puede el ciego quedar tuerto

y hasta el cojo bailará.

Pues cuidado en esta esquina

que ya viene la catrina

cuidadito si te atina

que te vas a petatear,

cuidadito aunque te escondas

y si llama no respondas

porque con sólo un ruidito

te podrías delatar.

Esa larga morenota

lleva una pluma grandota

pavoneando su sombrero

que más bien es un florero.

Y sus ojos bien profundos

que parece que no están

son las tumbas de difuntos

que ya nunca volverán

Presumiendo su vestido

la catrina es una doña,

se parece a doña Toña,

flaca y larga como escoba.

Ah, sí, pero ten cuidado,

flaquita, no te confíes.

No eres tú la que tira el dado

de tu suerte no te fíes

Un día igual y te tropiezas

y te rompes un huesito

qué tal si te descabezas

se te rompe el cuerpecito

Puede que te dé una gripe

una fiebre que no es broma

y llega nuestro desquite

toca enterrarte, señora.

Cavaremos bien profundo

hasta el centro de este mundo

y te pondremos tus galas

hasta que parecen alas

el féretro más lujoso

o quizá el más tenebroso

para que haga buen juego

con el hueso de tu ego.

Suena una marcha triunfal

cantaremos en tu nombre

hasta llegar al lugar

en que dormirás conforme.

y te vamos a rezar

todos bien consternaditos

sin llegar nunca a olvidar

tus lamentables delitos.

Te has llevado a todos,

hija de tu linda madre

amigos y hasta cachorros

sin hacer mayor alarde

Vas pa dentro de la tumba

y la caja hasta retumba

con la pala echamos tierra

que no se escape, la @&#*!

Al final todos nos vamos

hasta la catrina hermosa

la muerte nos hace hermanos

en lo oscuro de una poza.

-Javier Trejo

 

 

 

 

EL SUEÑO DE LOS GIRASOLES -POEMA NUEVO EN CUPA

Saludos, amigos. Salió un poema nuevo en CUPA Network. Este particuparlmente me gusta bastante, el tema es la atracción hacia una mujer, y la metáfora son los girasoles. Bien, les dejo el vínculo para que lo visiten, sólo es dar clik sobre la imagen. Por cierto, la imagen en esta ocasión corre por la gran artista Mexicana Norma Ascencio. Abrazo fuerte.

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