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Exposición Alba y el diente de león

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Este jueves 14 se inauguró la exposición Alba y el diente de león. Esta exposición consta de varias obras de la pintora chilena Karin Barrera y una narración en vídeo en la que se cuenta una historia y yo cumplo la función de narrador.  El vídeo narra un momento central en la vida de Alba, una pintora que recientemente quedó divorciada aunque no lo deseaba. Los dientes de león comenzarán a buscarla para concederle deseos, probablemente así, pueda llegar a descubrir sus verdaderos deseos. Hemos trabajado mucho para poder concretar el proyecto en esta exposición.

De este proyecto surgió el exitoso relato que lleva el mismo nombre. Aquí dejo el link: http://javtt11.wordpress.com/2013/09/26/alba-y-el-diente-de-leon/

Para quienes viven en Chile y tienen intención de ver el fantástico trabajo de Karin Barrera, puede ponerse en contacto en artekarinbarrera.com, karinbarrera.com, o en twitter y facebook.

Para aquellos que no tienen oportunidad de visitar el estadio croata en Chile, les comparto el vídeo relato de la expo y la publicidad.

http://www.youtube.com/watch?v=ncVSzQFtu-Q

http://www.youtube.com/watch?v=x7RVKCwCKug

http://www.youtube.com/watch?v=_RQTavMcX80

Atentamente: Javier Trejo

 

Alba y el diente de Leon chica

Alba y el diente de león – Relato de realismo mágico

Imagen

No soy feliz, esa es la verdad. Y no es que piense esa tontería de que solamente puedes ser feliz cuando compartes tu vida con un hombre galante, apuesto y divertido; pienso, que la felicidad es un segundo, un instante que explota, se destruye y deja que las cosas nuevas pasen, deja que tus deseos se cumplan, entonces, esa incomodidad, ese peso sobre los hombros, desaparece. No soy bonita. O al menos, no me considero bonita, ¿cómo puede una mujer ser bella si cada mañana la cama se empeña en alborotarle los cabellos? Además, ni siquiera con una gruesa máscara de pintura se pueden cubrir las ojeras de las lágrimas y desvelos. Pienso, que la feminidad se compone también de tristeza,  no hay que olvidar las sonrisas llenas de convicción que muestran los vegetales atorados en los dientes, ¡todo puede pasar! Las personas esperan que los días sean siempre soleados, parecidos a los de los comerciales de cerveza, donde jóvenes atractivos pasean alegres por la playa. No soy divertida. Me considero, más bien torpe, eso ¡sí que da risa!, pero  no es la clase de humor que uno espera encontrar en las reuniones con los amigos. Nunca digo algún chiste que ellos puedan pescar y botarse de la risa. Es más, casi nunca digo nada.

El otro día bajé a desayunar con Ximena a la cafetería de la plaza.  Ella siempre encuentra el tiempo para verme, a pesar de sus ocupaciones en la agencia de seguros. Yo también trabajé allí alguna vez, pero lo dejé. La primera vez que presenté una de mis pinturas en la exposición del taller de arte y comparé esa sensación con el sentimiento de firmar contratos y comprobar pólizas, entendí que existen caminos que sólo tienen una dirección, únicamente son de ida, ya no pude regresar, y desde entonces soy pintora.

                Ximena me esperaba, pude verla a través del cristal de la puerta. Vestía una falda asimétrica de color rojo y una blusa blanca con el cuello levantado.  Estaba cruzada de piernas. Sus delgados ojos se dirigían hacia el mozo, quien se alejaba de la mesa. Tenía los codos apoyados en la mesa, sus manos encorvadas exhibían los anillos dorados y el reloj de correa negra. En cuanto crucé la puerta dirigió sus ojos oscuros hacia mí, y su cabello negro y lacio se balanceó con el movimiento de su cuello, ¡admiro tanto a Ximena! Me encanta el color de su piel, es, como si la niebla le hubiera, tras una caricia, regalado su color. Llevé mis manos a  la cabeza para acomodarme el cabello pues había salido con mucha prisa montada en la bicicleta para bajar el cerro por la vía más directa y llegar a tiempo. Mi boca se abrió a tope cuando descubrí, al palpar con las manos, que tenía el pelo enmarañado y lleno de ramitas de árboles que se me habían quedado atoradas. Di la media vuelta, quité las ramas, pero, por más que me esforcé, no pude evitar que mi cabeza pareciera un nido de pájaros. Me senté. Durante todo ese rato una delgada sonrisa se había dibujado en su rostro. En cuanto tomé asiento, ella me dirigió una mirada. Quedé atrapada entre las líneas de sus ojos y su sonrisa. Ella, removió la última ramita de mi nuca, reacomodó mi cabello con sus manos y me acarició las mejillas.

-¿Cómo estás?

Tragué saliva.

-Desde…

-¡Sí!, ¿cómo te sientes ahora que…?

Ojalá mi amiga no tuviera esa destreza para preguntar precisamente aquellas cosas, sin realmente preguntarlas.

-Estoy bien, estoy mejor…

-¿Solamente bien?

-Sí, sí, solamente bien, digo… ¡Excelente!

Arqueó la ceja con un gesto de sospecha. Me pareció que no encontraba verdadera seguridad en mi rostro, podría deberse al nido de pájaros y a la mirada soñolienta. Cerré los ojos, respiré, los abrí y le clavé la mirada.

-Alejandro ya no significa nada para mí.

Soltó un suspiro y relajó los hombros.

-No puedo creer que hayas estado casada con ese hombre. ¡Era tan odioso! Entiendo que hayan pasado tiempo juntos, en la oficina. En realidad, nunca me generó confianza, es decir, él es violento y hostil… tú eres una persona amorosa y dulce. Ahora que estás divorciada seguro te sientes liberada, como un ave sin jaula.

Estaba equivocada. Aún así, la escuché.

-¿Recuerdas la cara que puso cuando fuimos a la reunión con los Bendix? Sólo se trataba de pasar el rato conversando pero… ¡no!, él tenía que molestarse porque René había logrado una mejor semana que él, obtenía más ingresos, la cerveza se había terminado o estaba caliente, o porque no era Cristal. Pero, no te preocupes, si vuelve a intentar algo contigo, le daré su merecido. En ese momento había levantado los puños, enmarcaban su rostro, sus labios fruncidos y su mirada precisa, pero ni un poco menos femenina que antes. Me imaginé que, sobre su cabellera reluciente, le caía un casco de protección, para boxeo olímpico, y a sus puños los envolvían guantes. Manotee y agité la cabeza, para apagar mi imaginación.

-No será necesario, amiga.

Ella arrojó la palma al frente y se carcajeó tapándose la boca.

-Solamente estoy bromeando.

El mozo interrumpió, colocando los platos en la mesa.

-¿Ya ordenaste?

-Claro, es fácil. Tú siempre pides lo mismo, me lo conozco de memoria.

Me enderecé, miré los alimentos dispuestos frente a mí, abrí grandes los ojos y la boca, pero antes de decir alguna palabra Ximena habló, imitando mi voz y colocando las manos a los costados, justo como suelo hacerlo.

-“¿Tendrá miel, puede traer un poco? Por favor”.

-¡De verdad soy tan predecible!

-Sólo a esta hora de la mañana.

-Lo siento, señorita, se nos acabó la miel.

-Ah, está bien, no se preocupe.

Todo, a partir de ese momento, fue normal. Pero me hubiera gustado contarle la verdad: extrañaba a Alejandro y no me encontraba bien.  Me sentía libre, desde que comencé a pintar. Y lo que más me pesaba, era que tampoco a Alejandro le había contado la verdad. Decir que una vida está plagada de deseos no significa nada. No es la vida, ni los años, ni las horas, son los segundos. Tres mil seiscientos en una hora, ochenta y seis mil cuatrocientos al día. Treinta y dos millones ciento cincuenta y cinco mil doscientos deseos al año, y pienso, que ese número se queda corto.

Tenía que volver a casa. Sentí un impulso, parecido a la atracción magnética. Tras terminar los alimentos me despedí de mi amiga y salí del café. Di la media vuelta y miré el anuncio: Euro café. Tenía puertas de cristal. Sus muros tenían acabados en mosaico de distintos tonos de verde. Más allá, quedaba el banco con su estacionamiento cuadrado, la carretera era de adoquín. Una glorieta fina envolvía la enorme fila de palmeras que se extendía hacia la avenida, donde se contemplaba un sendero abierto como el cielo, alargado hacia la distancia. Cruzando la calle, el hotel, su gran letrero metálico y elegante “El encuentro”, su estructura marrón se eleva adornada con holanes, verdes cortinas en cada ventana rectangular y amplia. El azul del cielo se degrada, nubes blancas y menudas avanzan con el viento. Pero este viento era diferente, veloz, acelerado, frío, fresco y suave. No sé si me empuja o me inunda. Vuelvo a mirar el camino, los autos dejaron de pasar. Respiré profundamente, no sabía que sentir, pero algo me detenía. Me acerqué a la verja en la que recargué mi bicicleta. Le quito la cadena, siento una presencia tras de mí, estoy confundida. Tengo la mente en blanco y el corazón constipado. “Ojala…”, esa palabra “Quisiera… desearía”. Con la bicicleta tomada por el manubrio, doy dos pasos. La corriente hace bailar mis cabellos. Hay que atravesar la ciudad para regresar a casa. Había grandes construcciones de concreto a varios niveles de altura: departamentos, oficinas, comercios ordenados, espaciosos y firmes. A quienes vivimos aquí, nos gusta esta ciudad de estatura mediana. Luego ocurrió algo impresionante: una nube blanca y pequeña, se balanceaba de un lado al otro y avanzaba hacia mí. Tenía una ramita colgando. Su danza caprichosa continuó, se trataba de un diente de león. Un auto pasó a toda velocidad por la calle, como un zumbido rojo que hacía vibrar el espacio. El diente de león pareció esquivarlo y jactarse, como si tuviera una personalidad rebelde.Luego, con saltos intermitentes, como el nado del pulpo, corrigió el rumbo, nuevamente hacia mi persona. Yo esperaba. Consideraba que sería una grosería quitarme del medio, habiendo presenciado todos sus esfuerzos para llegar hasta mí. Mis cabellos se restregaban contra mi rostro, sentía las mejillas frías y los labios secos. Poco a poco, y de una manera imperceptible, el cielo se había vuelto gris. El diente de león se quedó suspendido frente a mis ojos, justo en el límite en que las imágenes se duplican, y calló sobre mi nariz haciéndome cosquillas. Mi piel se contrajo, entrecerré los ojos, “Ojalá… Quisiera… Desearía…”, y solté un tremendo estornudo que desbarató la pequeña planta. Sus vilanos blancos se esparcieron en el aire. “…expresar lo que siento, ojalá pudiera, como en una pintura”. Multitud de pequeñas nubes blancas se bambolearon y disiparon en el ambiente hasta desaparecer. La corriente de viento cobró fuerza, tanta como un torbellino. Frente a mí, una gruesa estela negra se fue dibujando: primero, dando diminutos saltos, luego, formando una línea curva que se extendía hasta el horizonte y subía hasta sobrepasar los edificios para después bajar en dirección a la plaza río de janeiro. Este era el camino, que el diente de león había seguido para encontrarme. Las nubes se habían cargado de sombras negras, como si fueran de lluvia, y los muros de los edificios sufrieron una transformación. Primero, la pintura se hinchó, luego cambió de tono y escurrió pintando las paredes, quién sabe bajo qué criterio elegía sus pigmentos, algunas se pintaron de negro, otras de blanco, unas más cobraron color rojo granate y sobre algunos se leían letras negras e inconexas. El roof garden de los condominios, se convirtió en un escenario. A través de ventanas sin cristal que se abrieron de la nada, se asomaron estupefactos oficinistas.  Era extraño ver aquello. Me entraron muchas ganas de subir allá y verlo todo de cerca. De pronto, la ciudad se parecía mucho a mis sueños, en especial a mis pinturas. Subí a mi bicicleta, pedalee como un demonio, ¿qué había sido eso? Me pregunté durante el resto de la tarde. Volví a casa.

Mi casa. La casa de mi padre. Tengo una casa de campo en el cerro, él la construyó. Aquí me crié, aquí crecí y jugué. Le pese a quien le pese, aquí he pasado todos los veranos y todos los inviernos de mi vida. Mi padre era un hombre hecho a la antigua. Le gustaba el campo, el granero que queda atrás de la propiedad antes estaba en uso. Él comerciaba con los productos de la tierra y justamente de él aprendí el cuidado de las plantas. La casa tiene forma de L, está hecha de madera. En un extremo tiene la puerta principal, en realidad no es una puerta, sino vigas y trabes de madera, techados por troncos colocados en caída que sostienen tablones impermeabilizados y tejas. En la parte exterior, el piso es un camino de cemento aplanado con macetas que conduce hasta el jardín en el patio principal y termina en la reja exterior. El piso de los interiores es de cerámica color marrón. Los muros exteriores son paredes de concreto como de un metro y veinte centímetros de alto, rellenos de grava, donde termina el muro, sobresalen las vigas que sostienen el techo. Los muros interiores son de madera. En el patio tengo todo lo necesario, un área techada con una cisterna de agua potable, otra área que tiene distintos usos, para trabajar o de descanso, para trasplantar mis flores o sentarme a disfrutar del tiempo. Al este se encuentran mis flores. Sobre la yerba, mi padre caminaba de vuelta a casa, halando la carreta vacía tras la venta. Cuando llovía, se detenía un instante a recibir el agua, antes de guarecerse. En este suelo se escuchaban sus pasos cuando se levantaba de madrugada para cultivar el trigo, la avena y el maíz de nuestra tierra. Así fue, durante mucho tiempo. Sus abrazos y su voz, siempre me traían tranquilidad. La voz de mi madre, en cambio, me descontrolaba y me alteraba. Ella podía hacerme saltar y lo mejor hubiera sido que por lo menos me dejara lavar la bajilla tranquilamente… En los peores momentos, vasos y platos perecían debido a lo que yo llamaba: “caída libre marca madre”. Me encanta mi casa, pero no soy buena para hablar de ella con las demás personas, siempre que tengo un visitante pregunta sobre cada uno de los rincones, cómo hicieron esta escalera, cómo construyeron este anaquel, porque todo es rústico, pero yo no encuentro la manera de explicarlo, para mí, nunca aparecen en escena los remaches, las bisagras, los martillos y serruchos, solamente la imagen de un hombre enorme de overol azul, y las faldas amponas de una mujer con el cabello recogido que acudían al llamado de “vamos… vamos… que ya son las doce y es domingo”, me gustaba ver la première en la tele y luego a tomar once. Lo hacíamos todos juntos, aunque papá en los comerciales, realizaba labores y mamá no me dejaba subir los pies al sillón. Soy mala para recordar. Comienzo por cosas agradables pero lo doloroso termina acudiendo a mi memoria. Mi padre murió cuando egresé del cole. Solamente así, murió. No quiero entrar en detalles. Fue una enfermedad que avanzó y punto. El resto es angustia y basta con que yo la conozca. Mi madre vive con una tía, solamente así, y punto.

Desperté en mi habitación. Recostada sobre la cama larga y solitaria con cabecera de herrería. Mi habitación es mucho más espaciosa desde el divorcio. Solamente tengo mesitas, una percha, un ropero, lámparas de dormir, la ventana que da hacia el sur y mi cortina blanca con grecas azules. Los muros de madera y piso de cerámica. Me puse un paño en la cabeza, crucé el pasillo, bajé las escaleras, abrí el ático, tomé un cubo y las herramientas de jardinería. Agua a las flores, cortar ramas, arrancar hojas, no olvidar el abono. Mi cuello estaba tenso. Pronto llegó el medio día. El sudor corría por mi frente e impregnaba mi blusa. Mis ojos ardían. Me senté por un momento, a la sombra; pensaba en terminar y aprovechar la luz del día que quedaba, para pintar un poco. Es curioso lo que eso significa para un artista. Pintar un poco, cantar un poco o escribir un poco. Un poco para mí son siete horas. Mientras haya luz, trabajar con la muñeca, y cuando se apague, trabajar con la cabeza. Oí un zumbido y escuché el tema musical  the power of love, era mi teléfono. Lo había dejado sobre la mesa de trabajo a unos cuantos pasos de las flores. Cuando leí la información de contacto sentí como si por un momento mi corazón se detuviera.

-Hola, ¿Alejandro?

-Ah, hola, Alba, ¿podemos hablar?

-Sí, sí, me tinca.

-Disculpa que te llame.

-Oh, no te preocupes, está bien.

-Estoy en la oficina, todos salieron a comer, yo… tengo que redactar unos contratos. En cuanto se fueron… no sé, miré el teléfono y tuve muchas ganas de llamarte…. ¿sigues ahí?

-Sí, continúa.

-Estoy trabajando mucho por muy poco, me siento como un estúpido; eso es en el trabajo, por otra parte, el departamento está hecho un desastre, no termino de sacar mis cosas de las cajas de mudanza, es más, esas cajas se han convertido en mis roperos, libreros y alacena. En casa no hay nadie, en el trabajo tampoco, es como si las personas hubieran desaparecido del mundo. Es decir, me he dado cuenta de que estoy muy solo.

-No lo estás.

-Sé que tú crees que lo que verdaderamente me pasa es que hay algo en mí que me hace sentir de esa manera, como un recuerdo o algo que me hace ser…. ¿cómo lo llamas?

-Pesimista.

-Necesitaba escucharte, hablar contigo siempre me tranquiliza.

-Gra-gracias.

-Tengo mucho que contarte.

-Te escucho.

-¿Recuerdas el libro que me regalaste, Los tres mosqueteros?

-Sí.

-Por fin terminé de leerlo. Tenías razón, me gustó. ¿Te estoy quitando mucho tiempo?

-No.

-Después de lo del divorcio no creí que aceptaras hablar conmigo. Me alegra que pienses en mí al menos como un amigo. Todo va mal pero me reconforta saber que sigues ahí. También hay otra cosa. Conocí a alguien, es una mujer muy especial, coincidimos en todo: nuestros gustos, nuestra historia, inclusive en los hábitos, fue así como nos conocimos, acudimos al mismo bar, a la misma hora, el mismo día de la semana, así hasta que cruzamos palabra, fue algo mágico y no sé cómo explicarlo…

Al escuchar esto me quedé petrificada.

-¿Ves?, las cosas comienzan a mejorar.

-Sí, se puede decir que sí. Bien, tengo que irme, este contrato es urgente. ¿Puedo llamarte otro día?

-Claro.

-Adiós.

Escuché el sonido de su respiración apartándose del auricular, también el sonido de papeles, y finalmente, el golpe al colgar y el tono del teléfono. Volví a dejar mi móvil sobre la mesa. Caminé hasta la casa y saqué mi caballete, un lienzo y mis pinturas. Crucé el patio, la verja, seguí andando por el camino cargando mis materiales y subí un monte. Allí coloqué el caballete y el lienzo, se podían ver, por un lado, árboles, y más allá, un viejo molino en desuso. Tracé rápidamente unas líneas en el lienzo, preparé mis pinturas con los tonos apropiados. Me dispuse a extender las masas de color sobre las áreas correspondientes, así, el pincel subía y bajaba, fluía sobre el lienzo generando el mundo. Podía escuchar el sonido de las hojas de los árboles, el sonido del viento y el sonido de mi corazón. Me quedé callada y me hubiera gustado haber podido pensar en algo que pudiera decir, haber podido tener palabras o algo. Mi muñeca concluyó un trazo firme pero melancólico, una lágrima corrió por mi mejilla y calló sobre mi mano. Mi cuerpo se estremeció. La luz del día me abandonó y fui a dormir.

Al día siguiente amaneció nublado. Me levanté de la cama, en tres veloces pasos la dejé tendida  y rápidamente fui a darme una ducha. Me enjabonaba y tallaba mi cabello con prisa, la temperatura del agua en mi regadera tarda en volverse regular, así que por momentos era demasiado caliente para mí, por momentos era helada, de tal manera que me retorcía mientras me enjuagaba, parecía estar bailando un ritmo tribal sosteniendo el jabón en una mano. Mi cuarto de baño es amplio, siempre me ha gustado mucho. Cerré la regadera y me sequé todavía con más velocidad, el cabello fue difícil pero no había tiempo para la secadora de pelo. Cubierta únicamente por una toalla regresé a la habitación fui al ropero, saqué velozmente ropa interior, una camiseta y un overol, los arrojé sobre la cama. Luego dejé caer la toalla quedándome desnuda frente a la cama y entonces me di cuenta de que mi esposo no estaba ahí. No sentí su mirada, no escuché sus palabras “Me quedé dormido, es tarde para ir a trabajar”, siempre supe que se hacía tarde, pero él trabajaba demasiado y merecía descansar, era injusto que lo levantara así, despertar a alguien que apenas tiene tiempo para dormir es un acto de traición. No había prisa, ya no había prisa, pero como me hubiera gustado tener un motivo para acelerar mi mañana. Di unos pasos hacia el frente, el agua escurría de mi cabello. Me senté a la orilla de la cama, me puse las bragas y el sostén, eran blancos, me dejé caer de golpe sobre la cama y la ropa mientras miraba el techo de madera de mi cuarto. Mierda, no podía creer que lo extrañara tanto. Terminé de vestirme, tomé una gorra y salí de la casa. Me monté en mi bicicleta y comencé a andar. Había adquirido el hábito de desayunar en la ciudad, ejercito un poco las piernas, el tiempo en bicicleta me deja ver paisajes y me permite pensar.

Hacía un poco de frío. Bajé desde el cerro, la carretera anduvo tranquila, verde y tranquila. Tras bajar una larga calle me encontré rodeada por los grandes edificios de Provincia. Rodé por una avenida poblada de árboles, debido a la velocidad no pude detenerme cuando un enorme arbusto rodeado de distintas plantas apareció a un costado mío, y le di un golpe con la bicicleta que le hizo sacudir las ramas, de las que salieron flotando un montón de dientes de león. La ciudad estaba justo como la había dejado el día anterior, parecía una pintura. El propio movimiento me condujo de una calle a otra, de una avenida a otra, hasta que, en una esquina vi un puesto de periódicos y me detuve. Pedí uno, el vendedor me miraba extrañamente, tenía la cara arrugada, más bien, miraba hacia atrás de mí, di la media vuelta para ver de qué se trataba pero no había nada. Pagué y continué mi camino. Por fin llegué a la cafetería Euro. Dejé mi bicicleta encadenada y entré.

Busqué mi mesa, me quité la gorra y me senté. El mozo se me acercó.

-Lo mismo de siempre, por favor.

El mozo me sirvió café americano y pan tostado con mantequilla. Puse el periódico sobre la mesa y leí la primera plana: “Muere la tortuga gigante George, con su muerte queda extinta toda su especie”. Una gran tristeza embargó mi corazón. La columna venía ilustrada con una de las fotos de aquella enorme y antigua tortuga. No podía creer, que estuviera pasando eso con los animales. Pensaba que la extinción era ocasionada por meteoritos que venían del espacio o por una enorme glaciación, pero no, para nosotros es tan fácil como tirar las botellas de plástico por el camino. Mi padre nunca mataba a los escarabajos cuando entraban a la casa. Los tomaba entre sus manos y los llevaba fuera. Decía que la tierra era tan suya como nuestra, o quizá más suya que nuestra. Mientras me quitaba la chaqueta, pensé: “desearía que los seres humanos y los animales pudiéramos ser amigos; ellos no tendrían que desaparecer”. Cuando por fin me quité la chaqueta, noté que tenía impregnados unos vilanos blancos, se trataba de un diente de león que había quedado desbaratado al remover aquella prenda. Sostuve nuevamente el periódico y continué mi lectura, de pronto las oes y las ies, parecían cambiar de tamaño. Había algo debajo de la hoja. Supe de qué se trataba cuando se asomó por debajo de la publicación: era un tejón que olisqueaba mis alimentos. Pronto se arrojó a mi regazo, lo que me sorprendió. Parecía haber olvidado la comida. Lo envolví con mis manos, él se puso cómodo. Cuando volvía a levantar la mirada, una perdiz picoteaba mi pan tostado, mientras una mariposa de las ortigas revoloteaba sobre las mesas con libertad, exhibiendo su hermosura color marrón. Afortunadamente el único que estaba presente era el mozo, quien solamente se asomaba para cerciorarse de que todo estuviera en orden.

-Se encuentra bien, ¿señorita?

-Sí, sí.

-¿Se le ofrece algo?

-Todo bien.

Miró a los animales y desvió la mirada como si no hubiera visto nada. Yo revolvía mi café con una cucharilla. En mi hombro izquierdo se posó un cardenal que agitaba las alas cuando yo giraba el cuello para mirar hacia los lados. Más allá, cerca de la puerta, había otra mariposa, una mariposa hoja que se posó sobre un florero y entonces la perdí de vista. Me levanté y me puse nuevamente la chaqueta, luego tomé al tejón y lo metí en mi bolsillo. En ese momento se abrió la puerta de la cafetería y entró Ximena. Venía cargando un objeto.

-Buen día, preciosa. Sabía que te encontraría aquí.

-Ah, hola, Xime.

-¿Y tus nuevos amigos, quiénes son?

-Pues… es una larga historia…

-Mejor no me expliques… ¡Oye, pareces San Francisco de Asís! Mira… te traje un regalo.

Se trataba de una flor amarilis roja contenida en una maceta de barro que tenía dibujado un espiral. Ximena me entregó la flor, sostuve la maceta. Las mariposas se posaron en ella, el cardenal en uno de mis hombros y la perdiz en mi cabeza. El tejón se asomaba por mi bolsillo. Ya me imagino el cuadro que hicimos.

-Mira que luces tierna.

-Gracias.

La puerta se abrió nuevamente. El tejón se acomodó en mi bolsillo junto a mi mano. Era Alejandro, un hombre de piel blanca y cabello negro, vestía traje. Su rostro era regio y simétrico. Ximena se hizo a un lado mientras Alejandro caminaba hacia mí. Cuando estuvo cerca, las aves y mariposas salieron volando y el tejón dio un salto desde mi bolsillo y se fue corriendo.

-Creo que será mejor que me vaya. Nos vemos, amiga.

Ximena agitó su mano en señal de despedida. Me hizo un guiño y se fue. Yo miraba a Alejandro. Sólo lo miraba.

-Hola… ¿Podemos salir a caminar?

-Sí.

Pagué la cuenta. Tomé mi gorra, y nos fuimos.

Me acompañó por mi bicicleta. Coloqué mi flor en la canastilla. Tuve miedo. Llevaba mi bicicleta por el manubrio mientras caminábamos por la calle. El cielo era opaco. Él, iba paso a paso, con las manos metidas en los bolsillos. Por ratos miraba hacia el piso, y en otras ocasiones levantaba la mirada. Cuando detenía sus ojos en la extraña apariencia de los edificios, sentí que podría descubrir que era culpa mía que las cosas hubieran cambiado de una manera tan extraña.   

-¿No te parece que la ciudad está un poco cambiada?

-¿Tú crees?, no lo había notado.

-Hay algo que no me estás diciendo.

-¿Yo, por qué piensas eso?

Hizo una mueca de incredulidad. Me encogí de hombros y seguimos caminando. De pronto, pequeñas gotas de agua comenzaron a caer del cielo. Poco a poco las gotas fueron cubriendo la ciudad. La lluvia se volvió más y más fuerte. El agua que cayó sobre los edificios pintados fue haciendo que los colores escurrieran y formaran charcos enormes de color rojo, naranja, azul y amarillo, sobre los que la lluvia provocaba música haciéndolos bailar, mezclarse y formar nuevos tonos. Por debajo de la pintura removida aparecían los muros verdaderos, las texturas del concreto y los aplanados. Pronto nos rodeaba los pies el agua de colores, y la lluvia se nos venía encima. Nos refugiamos bajo un árbol. El agua alcanzó sus zapatos.

-Esto es muy extraño.

-¿Te parece?

Me miró agudamente, con gesto de sospecha. No soy buena pretendiendo, poseo más bien una honestidad inoportuna, bueno, más bien mis ojos no saben mentir. Me incliné y miré los reflejos de mi imagen en un charco en el que se habían mezclado los colores azul y amarillo, generando un verde. Me encantan las acuarelas, el lienzo de la ciudad ahora me parecía un juego de color único. Se inclinó junto a mí.

-¿No es hermoso?

-No… mejor dicho, no lo suficiente. En ese reflejo no se puede ver el color de tu piel, rosado y claro, tus ojos o tu cabello, parecido al color de la miel de maple… “espero que no creas que pienso en ti cuando desayuno panqueques americanos”.

Me acomodé la gorra.

-¿En mí?, no, para nada, solamente en mi cabello.

-Exacto, tu cabello es la estrella de la noche.

-Amo los colores.

-A mí no me gustan tanto. El amarillo, ese sí, es mi color favorito; pero el resto de los colores me dan igual.

-Es obvio.

Lo tomé por las mejillas.

-Eres un hombre gris.

-Como el polvo.

-Polvo eres…

-Odio el polvo.

-Lo sé.

“Siempre odias lo que eres”, eso le hubiera dicho, si mis labios fueran tan valientes como mi mente. No puedo ocultarlo, me encontraba feliz. Nadie lo entendería. Es un demonio, no lo aguanto, pero me encantó compartir con él ese momento bajo la lluvia. Se quitó el saco y me lo puso. Luego me pasó el brazo sobre los hombros.

-¿Recuerdas cuando fuimos a San Pedro? Pasamos una fantástica semana. Paseábamos, yo te llevaba a cenar; pero cuando regresamos llovió horrible.

-Sí, recuerdo que tú…

Sabía que no debía abrir mi bocota.

-¿Recuerdas que yo, qué?

-Nada.

-Dime.

-Nada, no lo recuerdo, ya lo olvidé.

-¿Ves?, ¡siempre terminamos peleados!, ¡lo arruinas todo porque nunca dices una maldita cosa!

-¡Qué dices, que yo tengo la culpa, eres un estúpido, suéltame!

Me aparté, me quité su saco y se lo arrojé en la cara. Me subí a la bicicleta y comencé a pedalear. Él se quitó el saco de la cara y se adelantó hacia mí.

-Alba, espera…

No escuché nada más. Pedaleé con todas mis fuerzas y me alejé. El rodar de la bicicleta levantaba el agua de colores. De pronto me pareció estar siguiendo un camino. Porque fui encontrando, cada cierta distancia, dientes de león suspendidos en el aire. Conocía bien el camino aunque solamente había podido verlo una vez, y por un instante. Crucé varias calles, mi ropa se humedeció por completo. Hice girar las ruedas con más y más fuerza, con más y más furia, quería que se desapareciera ese infierno que había venido cargando, pero ¿cuál infierno? El del silencio. “Al menos no le di tiempo para hablarme de su amante”. Tras cada vuelta de las ruedas me iba quedando sin fuerza y mi enojo también se apagaba. La lluvia comenzara a ceder. Recorrí toda la calle Del Bosque hasta que llegué a la Plaza Río de Janeiro. Los caminos de concreto protegían áreas verdes, llenas de pasto, coronadas por árboles frondosos de diversos tamaños y grandes palmeras. En los caminos había bancas de metal pintadas de verde militar. En la enorme área central, la yerba era abundante. Cuando estuve allí bajé de la bicicleta y la dejé caer. Frente a mis ojos, se encontraba una mata de dientes de león que era realmente rebosante. Algo me dijo que de aquel lugar se había originado todo. Nunca pensé que las plantas pudieran ser tan obstinadas, querían cumplirle los deseos a las personas a como diera lugar. Yo no había pedido que me ayudaran y para el caso, nada de lo que habían hecho hasta ese momento había conseguido ayudarme. Son tan misteriosas, tan ingenuas y juguetonas. Allí estaban, una multitud de esferas blancas que juntas parecían una nube, atadas a la tierra por un tallo, plagadas de flores amarillas, abrigadas por sus hojas compuestas por multitud de triángulos. Son, como suspiros que nacen de la tierra. Con la cabeza fría, quizá debido a la lluvia, pude articular mejor mis ideas. Entonces, por fin mis labios cedieron a las palabras.

-¿En verdad quieren saber lo que deseo?, yo misma desearía saberlo. Hay algo en mí, puede sonar contradictorio, hay algo en mí que me falta. El camino que sigo, las decisiones que he tomado, no soy capaz de dar un paso sin sentir que voy al lugar erróneo, no puedo remontar el camino, hacer como que nada ha pasado, porque, de alguna manera todo fue decisión mía. Decisión de mi orgullo, de mi terquedad, de mi silencio; porque de mi corazón no vino nada. Sé escuchar a mi interior, pero, me asusta lo que me dice, me asustan las consecuencias: soñar cosas que no pueden pasar, desear cosas que no son para mí. Luchar y fallar… dudar. Luego, el tiempo viene, lo destruye todo, lo marchita todo, todo lo va desapareciendo, todo lo corrompe, me juega tretas y hay algo en mí, algo que no lo deja irse y que me obliga a atraparlo, a indignarme, a equivocarme ¿pero por qué…? Yo no quería el divorcio. No quería que Alejandro se fuera. Nunca he podido decir: te amo y quiero que te quedes, quiero que vivas conmigo, puedes quedarte en el sillón si gustas. Te extraño todos los días. Son sólo unas cuantas palabras y… no, no puedo, no, no quiero… tengo pánico, eso es todo. Supongan que mi pecho es como una gaveta, tiene harina, la caja de cereales, mmmm… no, mejor como un refrigerador, la gaveta es muy pequeña y el refrigerador tiene partes, varias partes. Ahora, sí, imagínenlo, mi interior es un refrigerador. Éste guarda cosas en compartimentos, hay un espacio para los huevos y la leche, que son para todos los días, es decir: la pintura, mis cuadros y eso. Hay un espacio para los recuerdos y las cosas del pasado: el compartimento inferior, donde se guardan los vegetales. Y se supone que tenga la cabeza fría como un congelador, pero… no es así. El congelador no funciona y no se puede poner nada adentro, hace agua todo el tiempo, el hielo se derrite, estoy confundida, no puedo ver claro, y… ¿Es mi imaginación o estoy abriendo las puertas de mi alma con una planta? Cierto, cierto, las puertas de mi refrigerador, no de mi alma. ¿Se entendió, ahora les queda más claro, verdad? ¡No quiero que Alejandro salga de mi refrigerador…! ¡Qué estoy diciendo! Ojalá estuviera aquí, siempre se queja de que nunca digo lo que siento, además, creo que él sí entendería la comparación.

La lluvia se había detenido, pero, en su lugar, comenzó a soplar una fuerte brisa que violentaba a los árboles, pero sobre todo, a la mata del diente de león. Poco a poco, los receptáculos se fueron desprendiendo por el tallo, y se elevaron en las alturas formando un espiral, una danza de movimientos graciosos y lentos. Así, una docena de dientes de león viajaron por el viento.

-Mi padre era un hombre de palabra y me enseñó, que ser una persona de palabra no tenía que ver con hablar mucho, sino con cumplir lo que se ha prometido. Una persona de palabra, actúa. Eso intento. Hay algo en mí, que quiero cambiar; pero cómo, si, a las palabras se las lleva el viento, justo como a estos dientes de león, que se escapan volando.

A la mañana del sábado, Ximena vino a visitarme a casa. Escuché cómo tocaba a la puerta y di un giro que me tiró de la cama. Luego de quejarme, me incorporé y salí corriendo a abrir la puerta.

-¡Alba, ayer no tuvimos tiempo de conversar y por eso vine a verte!

Me tallé los ojos con las manos, parpadeé un par de veces y vi la amable y elegante imagen de Ximena, también hoy llevaba su abrigo, pero debajo de esa prenda se asomaba un vestido corto con cintillo, incluso pude ver sus medias y zapatos. Luego, repasé mi atuendo desde los pies a la cabeza. Descalza, pantalones cortos azules, camiseta, sólo camiseta, sin el sostén debajo. Ni hablar de mi estilo en el peinado, si tan sólo mi cabello no se alborotara tanto, me hubiera sentido menos avergonzada. Intenté acomodarme el cabello. Ella me tomó por los hombros y me miró fijamente.

-No podrías verte más hermosa, amiga. Me preocupas, ¿sabes?…

-¿Es por lo de ayer?

-Sí, ayer me diste una sorpresa.

-Tienes razón, ese Alejandro no deja de buscarme, ¿puedes creerlo?

Movió la cabeza de izquierda a derecha y caminó conmigo hacia la sala.

Extendí mi brazo hacia el sillón.

-Eres bienvenida.

Dejó su bolso sobre mi mesita circular. Ella tomó asiento y yo también. Mecía mis pies, estiraba las manos, terminaba con los rezagos de bostezo que aún quedaban en mi sistema, y poco a poco el día comenzaba.

-No pensé que fueras a aceptar irte con Alejandro, me habías dicho que él ya no te importaba.

No respondí nada. Pero mis pies dejaron de bailar.

-Justamente eso fue lo que me sorprendió. La manera en que mirabas a Alejandro, tus ojos… no puedes ocultarlo.

-No hay nada que ocultar.

-Eso no es cierto. Todavía lo amas.

-No es cierto.

-Claro que sí. Alba, deja de negarlo, en el corazón no se manda.

Las palabras de mi amiga se repitieron incontables veces en mi cabeza. Subí mis pies al sillón, abracé una almohada, oculté mi rostro detrás de ella y asomé una mirada hacia Ximena.

- Puede ser que yo no esté de acuerdo contigo. Puede que yo odie a ese hombre, a ese, cavernícola. Pero, soy tu amiga y respetaré lo que tú decidas. Si lo amas… no te avergüences.

Me sentí reconfortada por un instante, pero, de pronto, mi mundo se ensombreció.

-Él, está saliendo con alguien, ya se olvidó de mí.

-Pero tú no lo has olvidado, tienes que enfrentarlo, volver a verlo; o nunca podrás aclararlo.

-¡Pero, me divorcié de él, Ximena!

-Es de sabios cambiar de opinión.

Suspiré. Comimos algo, luego tomé una ducha. Ximena me esperó y me ayudó a arreglarme en cuanto salí. Me puse una blusa verde sin mangas de cuello ruso y pantalones ajustados de color marrón. Conversamos e hicimos bromas un largo rato. Le mostré dónde había colocado la amarilis que me regaló. Luego subió a su auto y se fue.

Los días siguientes trabajé en mi próxima exposición, se trataba de doce pinturas con escenarios urbanos en los que se integraban elementos de la naturaleza: plantas, pájaros, quizá un tejón. No soy enfocada, no me concentro con facilidad. La realidad penetra en mí como el agua en una esponja, por el puro impulso de verme sumergida en ella. Contacté con el director de cultura y con las galerías, todo marchaba muy bien. Pintaba en la mañana y en la tarde. Debía darme prisa antes de que mi financiación se terminara. Un artista tiende a hacer sacrificios.

Aquella tarde me encontraba pintando en el patio cuando descubrí que en medio de la yerba había brotado una pequeña mata de diente de león. Me puse a pintarlo. La magia de los dientes de león no tardó en hacer efecto: tras cada pincelada, las yerbas y las hojas secas respondían. La mata se balanceaba. Así fui construyendo una escultura de hojas y ramas, en el centro se encontraba aquella mata, para mí, esa enorme figura de ramas ascendentes  era parecida a la libertad buscando el cielo. Tuve dos perspectivas con potencial de aquella figura, la segunda vino cuando la luz del ocaso la iluminó. Pero, esa imagen debía esperar.

Desocupé mis materiales, me acerqué a la escultura y tomé un puñado de dientes de león. Luego caminé fuera de casa. Al pasar la reja, avancé por el monte. Había un lugar que quería visitar, mi lugar favorito. Mis padres me llevaban allá durante las fiestas de semana santa. Caminé entre los árboles y fui subiendo hasta llegar al risco. Desde ahí se podía ver toda Provincia. Las casas y los edificios parecían cajas de cartón, prismas de caras diversas. El sol, todavía alumbraba las estructuras y yo deseaba que también me iluminara. Desde la orilla del risco, extendí mi brazo. Sujetaba los dientes de león. La corriente del viento era fuerte.

-Gracias por su ayuda, amigos. Pero los deseos que quiero cumplir tengo que conseguirlos por mí misma. No vayan a dejar de visitarme, me encanta su manera de volar.

Abrí el puño y los receptáculos se fueron volando con el viento, se esparcieron por la ciudad, caían como paracaidistas. Yo estaba convencida de que ellos buscaban a alguien a quién cumplirle los deseos, y también elegían el deseo que querían cumplir. Eso forma parte de su naturaleza.

De pronto, el sonido del motor de un auto llamó mi atención. Miré hacia atrás y descubrí que un chevy gris venía subiendo. Reconocí el choche. En cuanto arribó apagó las luces y el motor, luego salió del auto. Caminó directamente hacia mí. Su sombra oscurecía aún más las sombras de los árboles.

-Alejandro, no pensé que fuera a encontrarte aquí.

-Ni yo.

-¿Recuerdas que te mostré este lugar?, es decir… cuando estábamos juntos.

-Sí, desde ese entonces vengo aquí con frecuencia. Me ayuda a pensar. Es un bonito lugar.

-¿Quieres acompañarme?

Nos acercamos juntos a la orilla para ver los últimos rayos del sol que se ocultaba en el horizonte.

-¿Con cuánta?

-¿Qué?

-¿Con cuánta frecuencia vienes aquí?

-Vengo aquí… cada vez que pienso en ti. Vengo aquí… todos los días… Alba, no hay ninguna mujer, nunca la hubo. Te mentí…

No puedo ocultarlo, al escuchar esto me sonreí. Tapé su boca con mis dedos.

-Espera… También tengo algo que decirte… Yo no quería el divorcio… Perdóname por no haberlo dicho a tiempo. Es sólo que…

Tomó mi mano.

-Durante el tiempo que he pasado solo me he dado cuenta de muchas cosas. Sé que teníamos problemas de dinero. Sentía que cargaba solo con eso, y luego, tú dejaste el trabajo para pintar. Las deudas crecieron, no sabía qué hacer. Comenzamos a pelear todo el día. Después entendí que tú no querías vivir en un gran departamento, ni pasar el día ajustando cuentas y hablando con clientes. Sólo querías hacer lo que te haría feliz y por eso te admiro. Tampoco buscabas un hombre exitoso y adinerado. Estos días he llegado a pensar que un hombre así no existe. Solamente querías estar conmigo, y, aunque yo quería estar contigo no lo entendía. Nunca debí intentar cambiarte, sabía que me aceptabas como era, ¡y vaya que soy un pesado!, era yo quien nunca se aceptó tal cual era. Toda mi vida me han exigido ser más de lo que puedo ser, hasta que comencé a exigírmelo yo mismo, y luego, te lo exigí a ti. No tengo perdón.

Me rodeó con sus brazos y yo recargué mi rostro sobre su pecho. La noche lo había cubierto todo, y con su llegada también aparecieron sus sonidos.

-No puedo creerlo, Alba.

Se rió un poco.

-¿Qué?

-Un día iba caminando por la calle y casi piso un diente de león. Recordé que tú piensas que conceden deseos así que lo levanté, cerré los ojos, me concentré y soplé. ¡No puedo creerlo! Mi deseo se cumplió.

Cerré los ojos.

-Mi deseo también se cumplió. Se cumplió sin saberlo.

Caminamos hacia el coche para regresar a casa.

-Puedes quedarte en el sillón, si quieres.

-Dormir en el sillón, no es mala opción.

-No a dormir, a vivir. Tómalo o déjalo, puedo retirar la oferta.

Se carcajeó.

No soy feliz, o al menos no siempre. La verdad es que creo que sí era un tanto feliz, solamente que estaba confundida. Tras la explicación que me dio Alejandro, todo quedó más claro. Comencé a pintar para ser feliz, para hacer las cosas que en verdad quería hacer; aunque tuviera que jugarme la vida en ello, poner en peligro todo, hasta mi matrimonio, y más allá de eso encontrar mi camino. No hay que ser un genio para notarlo, y bueno, no soy la mujer más lista del mundo, cometo muchos errores: soy una chica que se casa enamorada y se divorcia enamorada, que sale del departamento que compró con su marido para volver a la casa de campo de sus padres y vivir en los límites de la ciudad; una mujer así no puede ser, lo que se dice brillante, no a los ojos de la gente. Eso sí, soy creativa, y, al menos por el día de hoy, también valiente. La vida vuela como vuela el viento, viene y va sin curso, soy como el viento que danza y reposa un instante para después caer. Como el viento que sopla, así soy yo.

-Javier Trejo

 

* Este relato nació de un proyecto de arte junto a la pintora chilena Karin Barrera. Ella me facilitó varias de sus pinturas y yo escribí una historia que fuera vinculándolas una a una. Con ello, preparamos una exposición de su obra que lleva el mismo título que este relato. En ella, se proyectará un vídeo narrando una versión de esta historia en viva voz, con música e imagen. Te invito a conocer algo más de esta extraordinaria pintora: http://www.karinbarrera.com/